Woody Allen: «Yo siempre vi el ataúd medio lleno»

Woody Allen, el genial cenizo de Broadway, fue cocinero antes que fraile, cineasta después de escritor. Hasta «Annie Hall» (1977) es un guionista en busca de estilo. ¡Pero menudo guionista! Su cine es una experiencia tan visual como literaria. El gag, el retruécano, la sorna y el absurdo son la marca de agua de este judío neurótico. E incluso a la hora de ajustar cuentas consigo mismo (ahora que tanto se juega), no renuncia al estilo que lo ha hecho mundialmente reconocido. «Algunos ven el vaso medio vacío, otros medio lleno. Yo siempre vi el ataúd medio lleno», confiesa en «Apropos of Nothing» («A propósito de nada»), la autobiografía que acaba de lanzar por sorpresa en una editorial «de medio pelo», Arcade Publishing, después de que a Hachette le temblaran las piernas ante las protestas de su propia plantilla. En el primer capítulo de sus memorias, ya encontramos al Woody de siempre: «Ahora ya estoy listo para nacer. Al fin vengo al mundo. Un mundo en el que nunca me sentiré cómodo, nunca entenderé ni aprobaré ni perdonaré». «Nunca he estado de acuerdo con la finitud. Si no te importa, devuélveme el dinero», añade en otro párrafo que bien pudiera imaginar el lector como uno de sus monólogos a cámara. Infancia razonablemente feliz
Cuenta Allan Stewart Konigsberg que sus padres forzaron la situación para que, en vez de nacer el último día de noviembre de 1935, lo hiciera el 1 de diciembre: «Esto me proporcionó cero ventajas en la vida y hubiera preferido mucho más que me dejaran un enorme fondo fiduciario». Con todo, la suya fue una infancia razonablemente feliz. Pero, a pesar de ser «el ojito derecho» de su madre, el único varón de la prole, algo se torció en su cosmovisión: «Nunca me perdí una comida ni tuve que buscar ropa y refugio, nunca fui presa de una enfermedad seria como la polio, que era desenfrenada entonces. No tenía síndrome de Down como uno de los chicos de la clase», pero, añade, «me las arreglé para volverme nervioso, miedoso, emocionalmente ruinoso (…), misantrópico, claustrofóbico, aislado, amargado, impecablemente pesimista». Aunque no quiere caer, inicia, en la «típica mierda a lo David Copperfield», Allen narra las vicisitudes de sus antepasados. Desde un abuelo próspero que jugó de más en la bolsa de Wall Street en los años 20 («ya podéis imaginar qué pasó») a un padre que, de resultas del Crack, tuvo que echarse a las calles y hacer todo tipo de apaños, incluso para el célebre mafioso Albert Anastasia. En esa época conoció a su esposa, madre del cineasta, la mujer que «se parecía a Groucho Marx». «Eran dos caracteres tan dispares como Hannah Arendt y Nathan Detroit (gánster interpretado por Frank Sinatra en «Guys and Dolls»); discrepaban en todo excepto sobre Hitler y mis notas del colegio (…) Aún así estoy seguro que se quisieron cada uno a su manera, una manera quizás sólo conocida por un puñado de cazadores de cabezas de Borneo». Gánsteres y héroes de cómic
Los gánsteres fueron, de hecho, juntos con los héroes de cómic, los primeros referentes del niño Allen, apasionado por los juegos de cartas, herencia del «ADN deshonesto de mi padre». «The Gangs of New York» era el único libro paterno en casa. Y los suyos se reducen a los cómics: «Mis héroes literarios no eran Julien Sorel, Raskolnikov o los palurdos locales de Yoknapatawpha, sino Batman, Superman, The Flash, Sub-Mariner, Hawkman». Momento de admitir el estado de las cosas: «Chicos, estáis leyendo la autobiografía de un iletrado amante de los gangsters». Los libros llegarían después. Por el momento, Allen es un niño superdotado, algo que sorprende a la madre a la luz de sus notas. «Fui recomendado para un colegio de niños listos pero la larga travesía diaria de Brooklyn a Manhattan era agotadora para mi madre y mi tía, que se turnaban. Así que me arrojaron a un colegio de profesores retrasados». A pesar de estudiar dos años español, no retiene una sola palabra y sus visitas al MoMA, donde se encontró con el «Guernica» de Picasso, se debían sólo a que «me saltaba las clases y necesitaba guarecerme de las mañanas nevadas de invierno». ¿Cómo llegó entonces el disperso Allen a configurar ese mundo literario y plagado de referencias culturales tan característico de su obra? «No leí hasta el final del instituto, cuando mis hormonas empezaron a golpearme de verdad y me di cuenta de aquellas jóvenes de largo y recto cabello, muy poco maquilladas, con cuellos altos y faldas con medias negras, acarreando “La metamorfosis” con sus propias anotaciones al margen tipo: “Sí, muy cierto” o “Véase Kierkegaard”». Una primera cita desastrosa con una de aquellas «deliciosas pequeñas bohemias» le sirvió para darse cuenta que, sin algo de Balzac y Tolstoi, estaba condenado al fracaso.
Fuente de la noticia ABC

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