¿Vivimos una nueva revolución ludista?

Posiblemente fue la Ilustración. Rousseau escribió que la tecnificación de la vida del hombre, la vida moderna, había hurtado la felicidad al género humano. La nostalgia de una vida pasada, mitificada, en la que la armonía entre el trabajo y el trabajador, la identidad del oficio, el sentido de comunidad gremial, tenía todos la elementos propios del relato romántico de la época. Frente a ese mito estaba la realidad de una vida dura, competitiva, llena de penalidades, en la que la ciencia, la máquina, parecían contradecir los designios de Dios. Ese miedo traspasó las fábricas, como es sabido, y llenó la literatura, como mostró Mary Shelley en su «Frankenstein o el moderno Prometeo» (1818), y llegó a la política.

La máquina se presentaba como algo contranatural. Había quien decía que la velocidad del ferrocarril, que por aquel entonces no llegaba a los 40 km/h, enloquecía a las vacas que lo veían pasar. El antimaquinismo se apoderó del primer movimiento asociativo de trabajadores ingleses, y algunos escritores políticos como William Godwin y Jeremy Bentham postulaban una organización social basada en la felicidad de la mayoría, no en la economía. La máquina quedó como algo ajeno al trabajador, como ese objeto cuya eficiencia eliminaba puestos de trabajo, reducía el salario, enajenaba a la persona del proceso productivo.

En 1778 se produjeron algunos incidentes en Lancashire con la destrucción de máquinas hiladoras porque abarataban los sueldos y despreciaban la cualificación de los artesanos, que tarbaban más en producir y a mayor precio. A finales del siglo XVIII el malestar ya era considerable: la tecnificación de la producción y el régimen político parecían dos pilares de un régimen que daba la espalda a los más humildes. El miedo al contagio de la Revolución Francesa, además, aumentó las prohibiciones y la represión. Era preciso que aquella violencia y radicalidad no pasaran el Canal de la Mancha. La Cámara de los Comunes aprobó en 1789 y 1800 las «Combinations Acts» que prohibían las asociaciones de trabajadores para negociar conjuntamente sus condiciones laborales en las empresas. En un país aquejado por la guerra contra Francia y el hambre, la rebelión ludita estalló en marzo de 1811. No era solo una cuestión laboral, sino que también tenía una vertiente política. Detrás de aquel movimiento había también una reivindicación de ampliación de los derechos. En aquella fecha se produjo una manifestación en Nottingham por la adquisición de telares de bastidor amplio. Eso, decían, quitaría empleo, y además los trabajadores no tenían posibilidad de negociar por la «Combinations Acts». La protesta concluyó con la destrucción de unas setenta máquinas, y otras tantas en localidades cercanas. El movimiento no tuvo dirección. Se atribuye a Ned Ludd, de quien no se tiene la certeza de que existiera de verdad. Hay quien dice que era el nombre del primero que rompió una máquina, en 1779, pero no existe documentación al respecto. En realidad era un símbolo. Lo llamaban «capitán», «rey» y «general Ludd», oculto en los bosques de Sherwood, cerca de Nottingham, como Robin Hood, el personaje creado por Walter Scott en 1820. De hecho, cuando el movimiento se reprodujo en el campo, al sureste del país, los manifiestos luditas estaban firmados por un ficticio «Capitán Swing».

Fuente de la noticia La Razón

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