Roglic, el campeón que llegó del frío

Amarra la Vuelta a España Primoz Roglic en las montañas de Gredos y sus primeros gestos ratifican que estamos ante un campeón inexpresivo. Es tiempo de alegría pero se saluda frío, y casi obligado a un abrazo vaporoso, a uno de los miembros del staff del Jumbo. Avanza unos pasos hasta la carpa roja de la sala de prensa y, a modo de epitafio recién ganada la carrera, suelta un bostezo amplio y sonoro cuando toma asiento. Y proclama respecto a su apatía en el triunfo, «me he reído en lugares secretos». Gigante en la carretera, sólido en la montaña, poderoso en la contrarreloj e impasible como mensajero de algo. Roglic, el esloveno que abandonó los saltos de esquí por una caída que le rompió la nariz, ha dado un giro a su carrera. Ahora parece en condición de pelear con los grandes, con el Ineos del Tour, con la camada de jóvenes que asaltan el ciclismo y con las estrellas de su propio equipo, Dumoulin y Kruijswijk. Esa desidia podría ser la impresión generalizada de un gremio, el periodístico, siempre ávido de novedades y que suele rechazar la regularidad. Pero un pequeño rastreo por el pelotón denota que el esloveno no deja huella. Aquella etapa de Guadalajara, el viento feroz de costado, el ataque de Nairo Quintana y el Movistar, la contrarreloj de 200 kilómetros, deparó una mezcla de decepción y rabia en algunos equipos. En el Astana, por ejemplo. El grupo kazajo le salvó la cabeza a Roglic, quien se quedó aislado y sin compañeros después de la paliza. También se cortó Supermán López y el Astana se vio obligado a defender su posición, un impulso que transportó al esloveno a la fusión con Quintana. «No dijo nada durante la carrera. No dijo nada después. No dice nada», resumía aún con el enfado el director del Astana, Bruno Cenghialta, en una de las etapas finales. «Ni siquiera se acercó para ver cómo lo hacíamos, ni dio relevos, ni dio las gracias después cuando le salvamos. Me dieron ganas de parar y que luchase él por la Vuelta, pero no lo podía hacer porque estaba López». Roglic llegó del frío, de la pequeña localidad eslovena de Trbovlje, 16.000 habitantes donde se encuentra la chimenea más alta de Europa. Llegó de la nieve, de un país que venera los saltos de esquí, el biatlón y todas esas disciplinas invernales que en nuestro país apenas se relacionan con el primer día de Año Nuevo por televisión. El vencedor de la Vuelta era saltador de esquí profesional, campeón del mundo junior, que se desilusionó hace nueve años por un accidente en el que se rompió la nariz. Hace siete años (cuando tenía 22) abandonó este deporte y se hizo ciclista aficionado. Así empezó en la bicicleta. Proviene de Eslovenia, un país hermoso y socialmente ágil independizado de la antigua Yugoslavia de apenas dos millones de habitantes, que posee un tejido deportivo de primer orden. Su selección fue campeona de Europa de baloncesto en 2017. Tiene dos estrellas que son oro puro, el prodigio Luka Doncic, que deslumbró en el Real Madrid y brilla en la NBA con los Mavericks, y el veterano Goran Dragic, que juega con Doncic en Dallas. Jan Oblak está considerado uno de los mejores porteros del mundo. El presidente de la UEFA es esloveno, Alexander Zeferin. También una doble campeona olímpica de esquí, Tina Maze. «Somos un pueblo trabajador y responsable», cuenta la nueva perla del ciclismo, el tercer clasificado, Tadej Pogaçar. Orgulloso y convencido, se ve con ánimo para atacar el Tour. «¿Ganar? Sí, ¿por qué no?». Esa aparente indolencia y parquedad en el ahorro de la palabra es, en palabras de Valverde, educación. «Es una persona fenomenal, muy correcto, no da ningún problema, muy educado. A veces es difícil atender a la prensa después de las etapas porque quieres descansar». Roglic, 29 años, apenas cinco temporadas en la elite mundial, es un caso extraño de aparición tardía y crecimiento sobresaliente. El Jumbo es uno de los primeros equipos del mundo en presupuesto y recursos, solo por detrás del Ineos. El Tour le llama y él, desde el podio de la Vuelta, no rechaza el desafío.
Fuente de la noticia ABC

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