«No son musulmanes, esta gente son animales»

Pasan los días y en Sri Lanka, además del luto por las víctimas que fallecieron en cuatro hoteles, tres iglesias y una residencia de Colombo, también predomina una sensación de nerviosismo que no se disipa y que se aviva por momentos con el combustible de la constante amenaza terrorista y del miedo a represalias que existe entre la comunidad musulmana. En medio del estado de emergencia, el presidente del país, Maithripala Sirisena, dijo que el Ejército ha desplegado 10.000 militares.

La falta de previsión de las autoridades del país, las continuas atribuciones de culpa y los errores a la hora de contabilizar el número de fallecidos han dejado a un pueblo de 21 millones de habitantes a la deriva y con los miedos al máximo ante unos antecedentes nada lejanos que ahora, más que nunca, resultan imposibles de olvidar.

El temor a ataques sectarios contra la comunidad musulmana está propiciando un clima de tensión permanente en Sri Lanka. La población, representada por budistas, hindúes, musulmanes y cristianos, tiene muy presentes las reminiscencias de la guerra civil entre la mayoría budista y el grupo separatista de los tigres tamiles (que procesaban el hinduismo, la segunda religión más seguida), que dejó entre 80.000 y 100.000 fallecidos entre 1983 y 2009.

El miedo es fundado ante la posibilidad de una escalada de violencia, agitada después de que el consulado de Estados Unidos en Sri Lanka avisara el jueves en redes sociales sobre la posibilidad de que se produzcan nuevos atentados en lugares sagrados durante el fin de semana. Además, pidieron a sus nacionales que no se acerquen a centros religiosos mañana y el domingo. Alemania también ha aconsejado evitar viajar a este país.

Ayer fue viernes de oración para la comunidad musulmana y una mayoría de varones hicieron oídos sordos a las serias recomendaciones de no acudir a las mezquitas y centrar sus oraciones en lugares privados. El templo ubicado en Colombo, Masjidus Salam Jumma, recibió a cientos de feligreses que desafiaron las amenazas. Pocos minutos después del mediodía, los fieles llevaron a cabo sus oraciones ante una fuerte presencia policial. Allí lloraron por las víctimas del atentado que dejó al menos 253 víctimas –después de una reducción de alrededor de cien personas tras errores a la hora de identificar a los fallecidos– y también despreciaron a aquellos que asesinaron indiscriminadamente en el nombre de Alá. «No son musulmanes. Esto no es el islam. Son animales. No tenemos palabras para maldecirlos», afirmó con rotundidad a Associated Press el presidente de la mezquita, Akurana Muhandramlage.

Terroristas sin enterrar

La indignación es tal que los líderes de la comunidad acordaron en una reunión en el Consejo Musulmán que los restos de los terroristas suicidas que se inmolaron en los ataques no serán enterrados en cementerios de la congregación. «Lo que quede de sus cuerpos no entrará en nuestra tierra», argumentó Hilmy Ahmed, uno de los responsables de la comunidad.

Sin embargo, desmarcarse de la sinrazón del terrorismo no será suficiente para evitar que la comunidad musulmana se sienta intimidada por aquellos que no tienen filtros en sus prejuicios. Los estereotipos están históricamente perseguidos en Sri Lanka y los años de calma después de la guerra forman parte del pasado frente a una realidad en la que al musulmán no será bien mirado.

Los peligros a los que se enfrentan son reales, de ahí que los líderes de la comunidad islámica tomaran la decisión de que las mujeres debían quedarse en casa en el viernes de oración. Si salían, la recomendación era clara: que no portaran «hijab» con el fin de pasar desapercibidas.

Para garantizar la seguridad, y como complemento a los agentes desplegados, que ayer vieron como su alto mando, el inspector general de la Policía de Sri Lanka, Pujith Jayasundara, presentaba su dimisión, varios jóvenes voluntarios se posicionaron en lugares estratégicos para anticipar la presencia de violentos y salvaguardar la armonía en la mezquita ante un amenaza que también viene de sus correligionarios más radicales.

Es tal el temor a que se tomen medidas contra ellos que algunos grupos de musulmanes se vieron obligados a abandonar sus hogares para desplazarse a ciudades más remotas y seguras. Hay un caso especialmente llamativo retratado por «The Guardian» en el que al menos 500 refugiados de la secta de origen islamista paquistaní, Ahmadi, tuvieron que huir de Negombo debido a las continuas instigaciones que sufrieron tras los ataques. Fueron ubicados en una ciudad cuyo nombre no ha trascendido por seguridad.

El escrutinio a los musulmanes inocentes será inevitable y solo esperan que no se repitan los hechos acaecidos en mayo del año pasado, cuando Sri Lanka tuvo que declarar el estado de emergencia debido a los continuos ataques que sufrieron por parte de la mayoría budista porque un grupo de vándalos pertenecientes a un grupo radical islamista destrozó sus figuras sagradas. Aquella camarilla es la que ahora ha llevado a cabo el atentado más sangriento de la última década en Sri Lanka, los mismos por los que acabarán pagando justos por pecadores.

Fuente de la noticia La Razón

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