Nacho Duato: «Cuando monto un clásico me siento un poco como si me estuviera prostituyendo»

Conserva Nacho Duato (Valencia, 1957) su postura erguida y su actitud distante, naturales en él, lo mismo que su tono calmado y sus maneras educadas. El coreógrafo recibirá el próximo 7 de septiembre en Málaga -si no hay rebrotes que lo impidan- el premio Max de Honor, que le ha concedido el jurado de los galardones en reconocimiento a una trayectoria. «Estoy sorprendido y agradecido de estar al lado de nombres como Pilar López o María de Ávila… No sé por qué yo». «Usted es historia de la danza española de las últimas décadas, aunque solo fuera porque dirigió la CND durante veinte años», le apunta alguien. «Eso sí», musita… Duato volvió a San Petersburgo tras un olvidable período en Berlín. En la ciudad de los zares dirige el Ballet del teatro Mikhailovsky, cargo que ya ocupara entre 2011 y 2014. —¿Dónde le pilló el confinamiento? —Me fui a Valencia, cerca de mi familia… Y más tranquilo que en Madrid. —¿Y a Rusia cuando volverá? —De momento está todo cerrado. Está previsto que se estrene en octubre en Novosibirsk mi versión de «La bayadera», pero yo creo que no se va a estrenar. Ellos me dicen que sí, que me saque la visa, que está todo el vestuario prácticamente hecho, que hay dos asistentes ya allí… Pero yo creo que octubre es muy pronto. De todos modos, como los rusos no se pueden creer que no haya ballet, jajaja… —¿Va a cambiar mucho el mundo de la danza? —No creo. Esto va a pasar y dentro de un año nos habremos quitado la mascarilla, espero. Una vez exista la vacuna espero que volvamos a besarnos con normalidad. No es la primera vez que España pasa una epidemia… Estoy ahora leyendo un libro de Orlando Figes, «Los europeos», que cuenta cómo empieza a formarse una cultura europea cuando se construye el ferrocarril, y lo hace a través del triángulo amoroso que formaron la soprano Pauline Viardot, su marido el director teatral Louis Viardot y su amante el escritor ruso Ivan Turgenev. En él cuenta: «Liszt estrena su concierto en La Scala. Al final tienen que cerrar el teatro ocho meses por una epidemia de cólera»… La historia se repite… Yo quiero verlo todo positivo, y creo que va a ser para mejor. —¿En un deseo o una creencia? ¿Aprenderemos de verdad? —Siempre después de una guerra, una pandemia, una catástrofe, una dictadura… pasa algo bueno. Ocurre siempre. Hasta en las relaciones humanas. Y además… Lo han pasado mal quienes han tenido familiares fallecidos o enfermos; los pobres, que siempre son los que peor lo pasan; y los que viven en pisos muy pequeños, pero los demás… El otro día oí a un chico decir: «ha sido como en la guerra». No, muchacho, no. Tú no has vivido una guerra. Aquí hemos podido pedir comida cuando hemos querido, hemos tenido acceso a todas las series y películas, a toda la música, los libros… Tan mal no lo hemos pasado; yo, desde luego, no. —¿Usted en que ha ocupado su tiempo fundamentalmente? —Pintando. He pintado mucho. Escuchando música, leyendo… Bueno, leer me resultaba difícil, porque hace falta concentración y con tanta preocupación es difícil concentrarse. He de reconocer que al principio no me lo creía, pero luego la realidad se impone. —¿Y no ha imaginado ninguna coreografía? —No… He estado preparando un poco un trabajo que Joaquín de Luz quiere que haga para la Compañía Nacional de Danza el año que viene. He estado dándole vueltas, escuchando músicas… Pero ya sabe que a mí me gusta crear en el estudio. —¿Una situación como la vivida es un estímulo para un creador? —No especialmente. Por eso pinto, yo hago mis coreografías en el lienzo todos los días. Lo que he echado de menos es estar en el teatro, sobre todo en el de San Petersburgo, que está cerca de donde ensayan el coro y la orquesta, y es un lugar que huele a ballet, a teatro. Eso sí lo echo de menos; y ensayar con los bailarines. Y que hace cinco meses que no cobro nada, claro -ríe-, con los teatros cerrados no tienes derechos de autor. Me han cancelado cuatro estrenos… Esperemos que para octubre se reanude la actividad, porque si no me veo vendiendo cuadros… —¿Encuentra más placer ahora en las reposiciones de clásicos que en sus creaciones? —No, no… Yo hago clásicos porque me los mandan, porque soy el director de una compañía y Vladimir Kekhman, el director general, quiere que renueve todo el repertorio de la compañía. Y a la gente le gusta: ya se han bailado doscientas veces «La bella durmiente» o «Cascanueces». Disfruto, porque lo hago siempre que trabajo con un bailarín. Pero no soy yo. Es un poco -baja la voz casi hasta el susurro- como si me estuviera prostituyendo; pero no hago mal a nadie ni doy gato por liebre… Pero cuando me quedo a solas me pregunto qué hago yo montando «La bayadera». Aun así, me divierto, y la música es maravillosa. Es mi oficio y lo tengo que hacer. —¿Y montar clásicos ha influido en su modo de coreografiar, en sus creaciones propias? —Es que hace mucho que no hago una coreografía propia nueva; el último fue un paso a dos en Stuttgart, con dos chicas desnudas en una mesa. Estas creaciones no tienen nada que ver con mis montajes de los clásicos, aunque para esto me haya servido toda mi experiencia con mis propios ballets. —¿Por qué lleva tanto tiempo sin hacer coreografías propias? —¿Para quién las hago? Cuando estaba en Madrid tenía a los bailarines de la CND. He hecho ballets en Rusia además de los clásicos -«Preludio», «Invisible»…-, pero no son «Duato Duato». No tengo los bailarines que tenía aquí: Gentian, Ana Gonzaga, María Luisa… Me fastidiaron cuando me echaron; yo no he evolucionado como coreógrafo desde que dejé la compañía, ni lo haré ya. —Y lo echará de menos… —Sí, claro. Echo mucho de menos, sobre todo, a los bailarines. Algunos me dicen que por qué no monto un grupo, pero hacer aquí en España una compañía independiente, con tres duros de subvención, es imposible. Joaquín de Luz quiere recuperar alguna de mis coreografías, pero esa época ya pasó. Mis ballets están en un almacén en Arganda; al menos no se han quemado, como en Berlín, pero esa época se destruyó. —¿Lo que le ha encargado Joaquín de Luz es totalmente nuevo? —Sí, y quiero hacer algo muy distinto, muy ligero, con música pop. —Coreografiar es como montar en bicicleta. Nunca se olvida… —Pero hay que saber dónde se va. Y hasta que retomas el pedaleo te puedes tambalear un poco.
Fuente de la noticia ABC

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