Man Ray, ¿una profanación antisemita?

Primero fue la tumba Simone Weil, exministra francesa y activista infatigable por los derechos de la mujer. Ahora ha sido la de Man Ray, figura gigantesca de la vanguardia y cuyos restos descansan en el mítico cementerio parisino de Montparnasse. El nexo común entre Weil y Man Ray es que ambos eran judíos y, precisamente, durante los últimos meses, Francia está sufriendo una oleada de actos antisemistas que ha hecho sonar todas las alarmas por las macabras concomitancias con lamentables periodos de la historia del siglo XX. Por ahora, la policía no ha querido identificar la causa que ha llevado a un hombre ebrio, ya detenido, a profanar la tumba del artista norteamericano. Pero, claro está, cuando los precedentes inmediatos han dejado un relato de actos vandálicos motivados por el renaciente odio a los judíos, las hipótesis no pueden sino conducir a considerar el antisemitismo como la explicación más plausible. Man Ray constituye una de las figuras más señeras de la vanguardia. Su obra, a medio camino entre el Dadaísmo y el Surrealismo, aporta algunas de las fotografías más icónicas que se hayan podido hacer de la revolución artística que barrió Europa con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial. Amigo íntimo de Duchamp –con quien estuvo compartiendo cena horas antes de su muerte– y de Salvador Dalí –a quien solía visitar periódicamente en su residencia de Cadaqués–, Ray pasa por ser uno de los grandes prebostes de la modernidad artística. El ataque ayer a su tumba adquiere, por este motivo, una repercusión mayor si cabe que cualquier otro acto de vandalismo de su especie. Man Ray es judío y, además artista. Y el hecho de que sea uno de los grandes representantes de la libertad artística del siglo XX lleva a plantear una cuestión tan urgente como espinosa: ¿qué están haciendo los intelectuales y artistas europeos para impedir este inquietante crecimiento social del antisemitismo? ¿Se manifiestan contra ello? ¿Expresan visualmente sus inquietudes al respecto? ¿Lo denuncian? La respuesta a todas estas preguntas es previsible y se resume en un monosílabo: no. Habida cuenta de que hablar sobre el antisemitismo se ha convertido en un asunto políticamente incorrecto y los prejuicios ideológicos han llevado a extrapolar la complejidad del conflicto palestino-israelí a todos los ámbitos, el silencio de los intelectuales y artistas se ha convertido, en este sentido, en una actitud cómplice y despreciable. ¿Dejará el pensamiento y el arte solos a figuras tan imprescindibles como Simone Weil y Man Ray? Probablemente, sí.

Fuente de la noticia La Razón

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