Líderes a lo grande

Ganar o perder no es lo importante. Lo importante es hacerlo a lo grande. –Hola, soy español. ¿A qué quieres que te gane? –fue el santo y seña de los ronceros cuando campeonábamos en todo. Y ahí seguimos, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de nuestra vida… y de nuestro fútbol. En la vida, ahora mismo: liderazgo mundial en fallecidos por Covid19 (m/hab); liderazgo mundial en caída PIB según el FMI; liderazgo mundial en sanitarios contagiados; liderazgo de paro en la OCDE… Y todo el mundo arrimando el hombro para el gran homenaje a sí mismos que proyectan los políticos. En el fútbol, ahora mismo: liderazgo del Madrid, que en marzo estaba deportivamente para el caldo de gallina y la extremaunción. –Los entrenadores están para algo –escupió en Vigo el uruguayo Suárez, después de que el Celta le metiera al Barcelona el agua en casa con otro empate, que es a lo que siempre ha jugado Quique Setién, el Señor de las Cuajadas, con ese fútbol de limpiaparabrisas que convierte al espectador en una vaca viendo pasar un tren que no se termina nunca. Los entrenadores están para lo mismo que los ministros de economía: para proveer de ocasiones de gol aquellos, y estos, para proveer de oportunidades de negocio. En ese sentido, Quique Setién es la Nadia Calviño de la entrenaduría patria. –Las estimaciones que se están haciendo del posible impacto del coronavirus en la economía española arrojan impactos poco significativos –declaró en marzo, con suficiencia pijotera, Calviño, y ahora el FMI sitúa a España en cabeza del hundimiento mundial. ¿Cuántas veces ha dicho Setién que el Madrid tiene que pinchar? «Tiene que pinchar a cántaros», es su turre, con música de responso a lo Pablo Guerrero. ¿Y si también los entrenadores fueran cosa de los masones? A Zidane, antes que un mandil, le pegaría un cañón de los Inválidos. Por el príncipe de Metternich sabemos que a Napoleón le gustaba proceder por sorpresa con los franceses y no anunciarles sus guerras sino por medio del cañón de los Inválidos, que tronaba a continuación de la primera victoria. No estaría de más que el Madrid se acogiera a las licencias del Decreto de Nueva Planta sobre la Nueva Normalidad e hiciera instalar para Zidane un cañón de Los Inválidos (podría ser en forma de borceguí de Benzema) en la uralita del Nuevo Bernabéu. –Tuve ocasión de convencerme del cuidado infinito que ponía Napoleón en aumentar el efecto de sus victorias –recuerda Metternich–. El anuncio de un éxito iba precedido de rumores de derrota, sabiamente lanzados; los propios miembros del gobierno aparentaban estar atormentados por vivos temores y, de pronto, el cañón de los Inválidos tronaba en honor de las victorias de que estaban ya informados. Perseguía un doble objetivo: dar más brillo a su victoria y poner a su policía en condiciones de conocer la opinión de los ciudadanos. Pero París estaba en estado de sopor. El sopor, precisamente, minimiza un poco el alcance de las victorias de Zidane en esta fase autista de la Liga, a pesar del truco corso de engordar las posibilidades del adversario. ¡Cuidado! ¡Raúl de Tomás en Valdebebas! Y sin el Pitu, con la gracia estética que supondría, y más ahora que no tenemos público, ese duelo de calvas, calvas bien bruñidas, de Abelardo y Zidane, transformando la banda del «Alfredo Di Stéfano» en el tapete de billar del rey felón, Fernando VII, cuyos cortesanos, además de simular el fallo, disponían las bolas para facilitar la carambola real. La ausencia del Pitu, un tipo que al menos garantiza la lucha de clases, con su cosa de Argos del bolcheviquismo astur, no la cubre una actuación estelar de De Tomás. Queríamos una pelea de calvos por el peine del buen fútbol, que es el peine más vendido por la TV.
Fuente de la noticia ABC

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