Las teorías y explicaciones sobre el final de «El hoyo», la película española más vista en la cuarentena

Decía el bilbaíno Galder Gaztelu-Urrutia antes de estrenar «El hoyo» que su película era «muy modesta, con aguantar unas semanas en cines con unas cuantas copias ya cumplía el expediente». Pero de pronto, llegó Netflix. Compró los derechos y se encargó de su explotación por todo el mundo. También la llevó por algunos de los festivales más prestigiosos, como Toronto, donde ganó en la sección «Midnight Madness», o Sitges, donde consiguió que un filme español volviera a recibir el galardón principal tras 25 años sin éxitos. Ahora, en pleno confinamiento, se ha estrenado en Netflix, donde se ha convertido en la película española más vista de la plataforma durante la cuarentena. Y eso que en su estreno en salas pasó desapercibida el pasado mes de noviembre, donde apenas sumó 39.000 espectadores. Una historia que el realizador concibió para teatro y que a punto estuvo de no poder producir. Los protagonistas se presentan dentro de una especie de cárcel (donde el ingreso es, para algunos, voluntario) dispuesta en vertical, en niveles donde solo cohabitan dos personas y en el que reciben la comida a través de una plataforma. Claro que el gran banquete, que llega perfecto al nivel uno, se va destrozando a medida que desciende hasta el infierno. Unos, los de arriba, desprecian a los de abajo, y los otros odian a los de arriba. Una metáfora evidente sobre la lucha de clases con una particularidad: cada 30 días se «sortea» el nivel en el que cada pareja pasará el siguiente mes. «Se trata de entender tu lugar en el mundo y ver los diferentes comportamientos dependiendo de donde te encuentres. Los humanos somos todos iguales, pero no es lo mismo nacer en España que nacer en Estados Unidos. Las circunstancias de tu lugar de nacimiento marcan tu comportamiento. La cinta sitúa al espectador en los limites de la solidaridad», reflexionaba para ABC el cineasta cuando se estrenó el filme. Cuatro años tardó Galder en terminar un filme que ha ido cosechando premios y buenas críticas con una propuesta que refleja lo peor de la sociedad a través de elementos tan explícitos, entre otros, como el canibalismo. «La película no enseña nada, no es una tesis. Es siempre más fácil ser solidario cuando tienes una situación favorable», ratificó en ABC. El hoyo Pero «El hoyo» no quiere sentar cátedra ni adoctrinar, y la metáfora que propone sobre las clases sociales y el egoísmo es también contestada dentro de la historia por la imagen de cómo los más desfavorecidos se destrozan entre ellos con tal de mantener unos privilegios muchas veces falsos. Todo unido a esa distopía en la que los que mandan, los privilegiados de fuera, son incapaces de saber lo que pasa debajo, creyendo que todo funciona según el ideal de ese banquete perfecto que preparan. Pero vayamos a ese final que tanto está dando que hablar. Galder Gaztelu-Urrutia contó en una entrevista en Vocento que «El hoyo» no se localiza «en un mundo real». «Nunca se muestra el mundo exterior ni se dice dónde ni en qué fecha transcurre la acción. Lo hemos evitado precisamente para que el espectador se haga todo tipo de preguntas y juegue con nosotros en el universo que le planteamos. Es la típica película que podría culminar con una secuencia final que muestre, no sé, que estamos en Marte dentro de quinientos años», desgranó. Atención, «spoilers». La teoría de la panna cotta
Cuando comienza la película, el jefe de las cocinas donde se preparan los banquetes está tratando de descifrar de dónde ha salido el pelo que ha «contaminado» la panna cotta que han servido. Es una escena inicial, pero podría ser un «flash forward»: los de abajo han devuelto la panna cotta, que es el mensaje, a los de fuera. Pero los de fuera, en la idea que se mantiene toda la película de que no son conscientes de lo que pasa dentro, no han entendido el mensaje. No la han devuelto porque esté mala, sino como un símbolo de «revolución», como un mensaje (la «solidaridad espontánea» con la que sueña el protagonista y que termina por lograr a golpe de machetazo) de resistencia ante la tiranía impuesta. Para que esto tenga sentido, hace falta evidenciar lo que es obvio: la niña no existe. Hay varios momentos donde se dice que es imposible que haya una niña dentro. Además, el personaje de Antonia San Juan (Imoguiri) asegura que la mujer asiática entró hace solo diez meses, por lo que es imposible que la niña tenga esa edad. Es la idea de la pureza infantil la que se transforma en la pureza de la panna cotta sin tocar y devuelta por los hambrientos como mensaje contra el poder superior. La niña como símbolo Otra perspectiva tiene la teoría que dice que la niña sí que existe, que vivía en ese nivel 333 con protección y que se crió dentro. La salida de ese agujero de alguien puro, de alguien que ha sobrevivido a lo peor del ser humano, sería un torpedo en el sistema del Centro Vertical de Autogestión. La conexión con «Cube»
La distopía de «El hoyo» tiene grandes paralelismos con la obra de culto «Cube». ¿Y por qué no sería la plataforma un «acertijo»? Obvio, como diría Trimagasi. Los defensores de esta teoría creen que Goreg (Ivan Massagué) entra de manera voluntaria para que le convaliden un diploma oficial tras seis meses de internamiento pero que en realidad tiene la intención de cambiar esa cárcel. Hay un punto, cuando empieza a hablar de «solidaridad espontánea», que el personaje de Antonia San Juan dice: «Quizá por eso está usted aquí». Y cuando por fin logra su objetivo y pone a la niña (o a la panna cotta, o vaya usted a saber qué) en la plataforma ascendente, Trimagasi le recoge camino a la muerte con una frase desoladora: «Su viaje ha terminado, caracol». Esta teoría entronca con la que asegura que Goreg es una especie de mesías que se sacrifica por el bien de todos, por su salvación. También tiene mucho de esto la teoría que habla del paralelismo entre Goreg y el protagonista de «La divina comedia» de Dante Alighieri.
Fuente de la noticia ABC

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