La salida fantástica de Yanina Rosenberg

Una madre que hace frente al día gracias a un cóctel de ansiolíticos, otra que vive aterrada por la seguridad de su frágil bebé, otra más que no se explica por qué su hija la odia. Así son las mujeres de “La piel intrusa” (Páginas de espuma), el nuevo libro de relatos de Yanina Rosenberg, aunque entre sus páginas también hay chicas que se van de viaje con amigas, parejas que no se reconocen y jóvenes estudiantes. Rosenberg (Buenos Aires, 1980) debuta con esta colección de cuentos envueltos en una atmósfera fantástica que realza algunos de los temas recurrentes de la autora, “obsesiones que ni sabía que tenía”, afirma, y que descubrió durante el proceso de selección y edición de los relatos.

Una de esas obsesiones es la maternidad, una experiencia que para los personajes de “La piel intrusa” resulta más bien traumática. Aquí no hay tiernos bebés rollizos y madres orgullosas. “La maternidad es una experiencia solitaria”, asegura la autora, y añade: “Una mujer puede tener pareja, familia, amigos, estar rodeada de afectos, pero aún así está sola con sus cambios físicos, hormonales y emocionales. Y las madres de mis cuentos, con todo ese caos interno, terminan desorientadas en una sociedad que les exige hijos perfectos”.

Pone como ejemplo a la protagonista de “Pajaritos de neón”, uno de los cuentos que conforman el volumen: “La hija la maltrata, le grita en público, la desprecia, pero ella fija su atención en la chica indigente como si buscara ahí una salida a su propia derrota, a la vergüenza de haber criado un monstruo. A esa madre se la ve inquieta, en plena ebullición, está a punto de explotar, de liberar su furia acumulada, necesita hacer algo, aunque sea salir corriendo. Pero no, la madre es madre, tiene el sello de madre bien estampado en la frente, y no puede hacer ni lo uno ni lo otro, porque ¿qué clase de madre se permite el instinto de la furia? O peor, ¿qué clase de madre sale corriendo y abandona a su propio hijo? Las madres de mis cuentos no encuentran salidas reales, por eso eligen la puerta de lo fantástico“.

En ese sentido, Rosenberg no entiende el uso de dicho género como una manera de indagar en lo humano o de representar la esencia de la sociedad. En sus relatos, en cambio, “lo fantástico muestra salidas, vías de escape para nuestras miserias. No hay refugios posibles en la realidad, y lo fantástico está escondido en lo cotidiano dispuesto a ofrecerlo todo. Cada elección, cada cosa que hacemos o elegimos hacer, llena el espacio de fisuras por donde lo fantástico puede meter las manos. A mí me interesan esas pequeñas posibilidades que nos rodean, el perro que de repente le ladra con insistencia a un sillón vacío, el chispazo que surge en un roce de manos o el desagote de una canilla que, al vaciarse, expulsa un vigoroso chorro sorpresa. Lo que cae sigue siendo agua, pero en esa violencia hay algo más que no llegamos a comprender”.

Esa ambivalencia, ese miedo o incomodidad que se aferra al lector durante sus relatos es la propia definición de lo fantástico, y Rosenberg lo maneja con destreza. Y, como ella, muchas autoras conocidas y algunas menos -de Cristina Peri Rossi a Laura Gallego García- han explorado un género que parecía hasta hace muy poco estar dominado por hombres. “No es casual que sean mujeres las que están hoy destacándose en el género, que exploran las aristas de lo inusual. Creo que es parte de una búsqueda, una urgencia de cambio, son gritos de basta que piden reordenar prioridades, modificar la realidad”, asegura Rosenberg.

La idea de “reordenar prioridades” aplica no solo a los géneros literarios, sino a su intención de difuminar los roles tradicionales establecidos por la sociedad: “Me interesa romper moldes, mostrar que los roles en los que están encasillados hombres y mujeres no siempre fueron elecciones individuales, sino que fueron asignados como por un poder superior -explica Rosenberg-. El mandato de la sociedad dijo, por ejemplo, que la mujer era el sexo débil y que debía ser protegida por el hombre, mientras que al hombre se le dijo que era el macho y se lo mandó a levantar cajas, pero ¿acaso las mujeres no pueden levantar cajas? Además, ¿alguien le preguntó a los hombres si se sienten cómodos en su rol de macho alfa todopoderoso? ¿No pueden ellos permitirse sentimientos de desprotección?”.

En la era del #MeToo parece que romper dichos moldes es una tarea que interesa más a ellas que a ellos, aunque la autora matiza que “tal vez las mujeres estén unos pasos adelante, y a los hombres les cueste más admitir que están en roles que ellos no eligieron y que tal vez nunca hubieran elegido, pero creo que, a su manera, a sus tiempos, cada género está buscando una identidad alejada de los clichés que conocemos”.

La búsqueda de la identidad y la incapacidad de sus protagonistas de conectar unos con otros, aunque siempre envueltos en ese inquietante ambiente fantástico, es quizá el ingrediente más genuino de los relatos de “La piel intrusa”. Rosenberg describe a sus personajes como “fantasmas que se rondan mutuamente, que se perciben, pero no llegan a inter actuar”. Una de las razones es justamente la rigidez de los roles de género, así como otras presiones impuestas por la sociedad, como la que sienten las madres de ser perfectas y criar niños tan impecables como ellas.

“Todo está desconectado en mis cuentos, incluso los personajes con su entorno, con sus decisiones, con sus sentimientos, consigo mismos”, afirma, y añade: “Mis personajes se sorprenden de las reacciones que ellos tienen en determinadas situaciones. Se desconocen, descubren pieles que no sabían que tenían. Pieles que son ajenas, intrusas, y que los llevan a hacer cosas de las cuales no se creían capaces”.

Rosenberg espera ahora la publicación de su primera novela, premiada en 2016 por el Fondo Nacional de las Artes. “Momento Estocolmo transcurre en una noche de hospital, donde una hija que se queda a cuidar a su madre enferma. Y mientras anda por el hospital la protagonista conoce a un hombre, que le confiesa haber cometido un crimen atroz”, explica la escritora.

Tampoco en este caso le interesa hacer diferencias de géneros: novela o cuento, para Rosenberg ambos implican la misma dedicación: “Creo que el trabajo con la palabra tiene que ser igual de intensivo siempre. Que la novela se permita más digresiones, no significa que, por ejemplo, se pueda relajar el estilo. En la búsqueda de la palabra más adecuada, los dos géneros exigen el mismo nivel de paciencia. La escritura es siempre un abismo de precisión y paciencia“.

Fuente de la noticia La Razón

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