La «obra maldita» de Sanchis Sinisterra

«En los años veinte del siglo dieciséis, con más testosterona que neuronas, zarparon de Sanlúcar de Barrameda cuatrocientos españoles que huían de la hambruna. Embarcados por la Corona y la Iglesia para descubrir la Florida, sembrar la Fe y traerse el Oro, descubrieron su ignorancia, vomitaron sufrimiento, sembraron la muerte y se ahogaron en ese gran error histórico que fue la Conquista. Sólo a cuatro no se tragó el mar. Cuatro que regresaron maltrechos pero con vida. Uno de ellos, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, escribió sus famosas Crónicas, historia con mayúsculas, a la que Sanchis Sinisterra pasa un duro cepillo a contrapelo. Comieron arañas, raíces, tierra, caballos famélicos, hubo canibalismo y mucha hoja de coca». Son palabras de Magüi Mira, directora de «Naufragios de Álvar Núñez», una obra de José Sanchis Sinisterra que acaba de estrenarse en el Teatro María Guerrero, dentro de la programación del Centro Dramático Nacional. Se trata de una ambiciosa producción que cuenta con un inusualmente extenso reparto: dieciséis actores. Son Nanda Abella, Pedro Almagro, Jorge Basanta, Olga Díaz, Karina Garantivá, Cruz García, Alberto Gómez Taboada, Lula Guedes, David Lorente, Pepón Nieto, Jesús Noguero, Rulo Pardo, Kike del Río, Muriel Sánchez, Clara Sanchis y Antonio Sansano. Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán firman la escenografía, José Manuel Guerra la iluminación, Gabriela Salaverri el vestuario, Jordi Francés la música y el espacio sonoro, y María Mesas el movimiento. La travesía de «Naufragios de Álvar Núñez» hasta llegar al puerto del escenario es digna de ser contada. Lo hace su autor. «Empecé a escribir el texto sobre 1979 o 1980; me parecía que la Conquista de América era un tema escandalosamente ausente en nuestra dramaturgia, y merecía ser recuperado. La escritura se aceleró en las vísperas de 1992, y estaba previsto que se estrenara en el Festival de teatro iberoamericano de Cádiz, dentro de un proyecto en el que estábamos involucrados autores de España y Latinoamérica. No me puse límites, por eso la obra tiene tantos personajes. El proyecto, finalmente, no cuajó, y el texto se quedó en el cajón. Fue publicado por Cátedra junto a las otras dos obras que componen mi «Trilogía americana»: «Lope de Aguirre, traidor» y «El retablo de Eldorado». Hasta ahora, en que Ernesto Caballero [exdirector del Centro Dramático Nacional] y Magüi Mira lo han puesto en pie». La directora conoce bien el texto desde hace años. «Se atreve a hablar de una época de nuestra historia como yo creo que nunca se ha hecho -explica Magüi Mira-. Es la historia de un fracaso provocado por un desequilibrio entre la testosterona y las neuronas; del afán de conquista». «La obra -sigue la directora- cuestiona lo que podría haber sido y no fue: el abrazo de dos culturas. El mundo hoy sería diferente. Habla de la incapacidad de los conquistadores, patética, triste, la nula disposición a sentir que estaban delante del otro, de los otros. No supieron darles su espacio a los indígenas que encontraron. Fueron a conquistar no a descubrir. Y sólo descubrieron su visceral impotencia para comprender al diferente. Huían de la hambruna del siglo XVI. Buscaban sobrevivir a costa de lo que fuera, o de quien fuera. La Corona y la Iglesia los engañaron con la promesa de capturar oro y sembrar la Fe, y capturaron y sembraron el dolor y la muerte. Sanchis Sinisterra plantea esta diatriba con absoluta genialidad. Fue una lamentable aventura, prepotente e ingenua, de unos seres humanos con más testosterona que neuronas. Un escalofriante espejo de nuestra actual torpeza para asumir las migraciones que nosotros mismos sembramos. Esta es la gesta que me interesa contar». No hay, dice Magüi Mira, ninguna intención historicista en su montaje. «No contamos la Historia con mayúscula; es realismo mágico, hay mucha ficción, mucha imaginación. Hemos intentado encontrar la belleza en ese patetismo que tiene la historia que cuenta Sanchis» y que ha escrito, como reconoce el autor, con absoluta libertad y cuyo resultado es una obra «rara en lo formal, en su trama y sus diálogos. He ido disolviendo fronteras y límites -dice Sanchis-; por ejemplo entre presente y pasado, entre el aquí y el allá, entre la realidad y el sueño, entre los personajes y los actores…» El subtítulo de la obra es «La herida del otro». «Es tan importante como el propio título», dice Sanchis, ya que una de sus claves es la otredad. «Cuando Álvar Núñez escribe al Emperador empieza hablando desde el punto de vista de los españoles; pero cuando se suceden las catástrofes y quedan vivas solo cuatro personas pasa del «ellos» al «nosotros» para referirse a los indígenas. En mi obra se tratan las relaciones con el otro, con el diferente. Siempre intentamos cambiar al otro y homologarlo con nosotros. Vivimos al otro como una herida, por eso el subtítulo final de la obra: La herida del otro. El otro puede ser una herida, porque nos cuestiona, pero de la misma forma nos enriquece. Lo que me interesaba ya no era solo la aventura humana, fascinante y asombrosa, sino la noción de una identidad, la de un hidalgo, nieto de otro conquistador, que con los avatares de aquel mundo y la progresiva degradación de la expedición, acabó como esclavo, comerciante y chamán». Tesorero y alguacil mayor
Álvar Núñez Cabeza de Vaca nació en Jerez de la Frontera entre 1488 y 1490. El 17 de junio de 1527 se embarcó, como tesorero y alguacil mayor, en la expedición que capitaneaba el gobernador Pánfilo de Narváez, y que pretendía la conquista de Florida y la búsqueda de la Fuente de la eterna juventud entre el río de las Palmas y el cabo de la Florida. Estaba compuesta por seiscientos hombres y cinco barcos. Un naufragio tras una fuerte tormenta hizo que tan solo cuatro de los marinos de la expedición sobrevivieran; llegaron, sin embargo, a la costa de Florida. En 1527 está fechada su «Relación del viaje de Pánfilo de Narváez al Río de las Palmas hasta la punta de la Florida, hecha por el tesorero Cabeza de Vaca», en la que relató al Rey el viaje y todas sus vicisitudes. Álvar Núñez falleció en Sevilla entre 1558 y 1564, no se sabe si en un convento o como juez.
Fuente de la noticia ABC

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