La ambulancia bendecida de Juan Pablo II

Con motivo de la reciente festividad de San Juan Pablo II, no es ocioso retrotraerse al 13 de mayo de 1981, en la Plaza de San Pedro. Consolado por Jesús y María, a quienes invocaba continuamente, se sentía Juan Pablo II a bordo de la ambulancia que le conducía a toda velocidad hacia el Policlínico Gemelli, siguiendo la indicación a gritos del doctor Renato Buzzonetti, el médico personal del Santo Padre. El vehículo emprendió una desesperada carrera contra el tiempo por el Viale delle Medaglie d’Oro. La sirena no funcionaba y el tráfico era caótico. «El Papa –recuerda hoy el cardenal Stanislaw Dziwisz, titular de la Cátedra metropolitana de Cracovia, que viajaba a su lado en la ambulancia– estaba perdiendo las fuerzas, pero todavía era consciente. Se quejaba con gemidos apagados, cada vez más débiles. Y rezaba, le oía rezar invocando a “Jesús” y a “María Santísima”».

El día anterior, Juan Pablo II había visitado el centro médico del Vaticano. A su salida, el doctor Buzzonetti le pidió que bendijese una nueva ambulancia aparcada a su lado. Mientras la rociaba con agua bendita, el Santo Padre dijo: «Bendigo también al primer paciente que usará esta ambulancia». Veinticuatro horas después fue precisamente él la primera persona que viajaba a bordo de ese mismo vehículo. Minutos antes, a las 17:19, centenares de palomas habían alzado de repente el vuelo poco después de que el jeep descubierto del Pontífice efectuase la segunda vuelta a la Plaza de San Pedro, hacia la columnata de la derecha, la que termina con la Puerta de Bronce. Fue entonces cuando se escuchó el primer disparo; inmediatamente después de la desbandada de palomas, se percibió la segunda detonación. Enseguida se formó un tumulto. Algunas miradas, como la del secretario personal del Papa, Stanislao Dziwisz, se posaron en un joven de rasgos oscuros que se alejaba de allí a toda prisa.

entre la vida y la muerte

Juan Pablo II se debatía entre la vida y la muerte, con un disparo casi a bocajarro en el estómago. Su secretario Stanislaw intentaba sostener al Papa en sus brazos. Comprobó que, pese a su gesto de dolor, permanecía sereno. Le preguntó: «¿Dónde?». Contestó: «En el vientre». «¿Duele?». Y él: «Duele». La primera bala le había destrozado el abdomen, perforando el colon, desgarrando en parte el intestino delgado, y luego había salido, cayendo en el jeep. El segundo proyectil, tras rozarle el codo y fracturarle el índice de la mano izquierda, había herido a dos turistas americanas. Miembros de los servicios sanitarios del Vaticano recogieron al Papa de entre sus brazos y lo tumbaron en el suelo, a la entrada del edificio. «Solo entonces nos dimos cuenta de la cantidad de sangre que manaba de la herida causada por la primera bala», advierte monseñor Stanislaw. Justo cuando la ambulancia llegó al Policlínico Gemelli, el Papa perdió el conocimiento. Fue en ese preciso instante cuando su secretario se dio realmente cuenta de que su vida corría peligro. «Los propios médicos que le intervinieron –asegura– me confesaron más tarde que lo operaron sin creer, ésas fueron sus palabras, sin creer que el paciente pudiera sobrevivir». Trasladado a la novena planta, donde estaba el quirófano, tras unos instantes de confusión, el peor momento para Dziwisz llegó cuando el doctor Buzzonetti le pidió que administrara al Papa la unción de enfermos. Pese a ser diecinueve años más joven que el Pontífice, su secretario, polaco como él, había tenido oportunidad de tratarle desde 1957, durante su primer año en el seminario. Le amaba como a un padre. Y ahora Dziwisz acababa de recibir uno de los mayores aldabonazos de su vida. La operación duró casi cinco horas y media. Los tres días siguientes fueron terribles. El Papa no sufría tanto por él, como por el inminente final del cardenal primado de Polonia, Stefan Wyszynski, a quien profesaba un inmenso cariño. Juan Pablo II aplicaba en parte sus dolores por el alma de Wyszynski, quien, enterado del atentado, se había aferrado a la vida en su lecho agónico hasta no tener la certeza de que Wojtyla estaba a salvo. La última y brevísima conversación telefónica entre el moribundo cardenal, desde su residencia de Varsovia, y el Romano Pontífice todavía convaleciente fue dramática. Al otro lado del auricular podía oírse la voz, ya exangüe, del cardenal: «Estamos unidos por el dolor… Pero usted está a salvo… Santo Padre, deme su bendición…». Y Wojtyla, con un nudo en la garganta, sabiendo que aquellas palabras sonaban a despedida: «Sí, sí… Bendigo sus labios… Bendigo sus manos…».

Fuente de la noticia La Razón

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