Ian Heinisch, de traficante recluso en Canarias a puntal en el peso medio de la UFC

La vida, dicen, es aquello que te ocurre mientras te empeñas en hacer otros planes. Ian Heinisch siempre anheló ser luchador profesional, pero su camino le tenía reservadas otras desagradables sorpresas. Lo cierto es que lo consiguió con creces, pues ahora es uno de los atletas con más proyección en el peso medio de la Ultimate Fighting Championship (UFC), aunque antes tuvo que trabajarse una redención que le llevó a pasar por la cárcel en Tenerife, para más tarde ser trasladado a León. También supo lo que es estar privado de libertad en Estados Unidos, el territorio que hace gala de tenerlas todas ellas. Muy pocos conocen el pasado español de Heinisch. Nuestro país le dio una segunda oportunidad, tras acabar preso por una vida descarriada que derivó en turbios asuntos de tráfico de drogas, y él se encargó de no desaprovecharla. Este sábado, se enfrenta al experimentado Gerald Meerschaert, en el UFC 250, que tendrá lugar en Las Vegas, y una victoria podría servirle para colarse entre los diez mejores luchadores de su división. Pero la historia de Heinisch está repleta de relatos oscuros. Su vida es la de un joven que vivió muy rápido para acabar viendo lo lento que pasa el tiempo entre rejas. También es la de un hombre que tuvo descender a los infiernos para terminar encontrando el sentido de su existencia: pelear para ganarse la vida. Y enseñar a los más pequeños, especialmente a los más vulnerbales, que siempre hay un motivo para seguir adelante. «Fui un niño con un alto nivel de pobreza que fue diagnosticado de un trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Llegado a un punto, me prescribieron altas dosis de adderall, que es básicamente anfetamina. Y yo tengo una personalidad adictiva, por lo que cuando no sentía el efecto continuaba tomándola y establecí la dosis en el nivel más alto posible. Eso supuso parte de una enorme reacción adictiva en mi vida. Además, mi familia por parte de padre tuvo también problemas de adicción y pasaron por rehabilitación en algún momento. Así que, el haber sido diagnosticado con ese trastorno y haber sido un niño problemático en algunos aspectos, hizo que me expulsaran del colegio en mi último año», comienza relatando con entereza el luchador estadounidense en una entrevista exclusiva con ABC. Heinisch era un niño que no podía estar quieto. Por ello, su padre le apuntó con 11 años a «wrestling» (lucha cuerpo a cuerpo), uno de los deportes más exigentes a la hora de consumir energías. Su andadura comenzó siendo muy exitosa, pues ganó el campeonato de escuelas secundarias de Colorado y logró ser en dos ocasiones un «All-American», es decir, terminar entre los ocho mejores de su división de peso en el campeonato nacional. Pero todo se torció. «Habría sido una tercera vez, pero fui expulsado… Y lo que me mantuvo apartado de la lucha fue que dejé el instituto y no tenía ningún otro lugar para pelear. De este modo, empecé a llenar mi vida de adicciones y a entregarme a la fiesta», recuerda en esta conversación telefónica. Este fue el punto de partida de su etapa más sombría. Después de dejar el instituto, Heinisch se mudó a Canadá, donde estuvo trabajando aunque no tenía permiso para hacerlo. «Conocí a una chica de 37 años mientras hacía ventas en domicilios de puerta en puerta y acabé mudandome con ella. Su exmarido descubrió que yo estaba trabajando de manera ilegal en Canadá y llamó a Inmigración para denunciarlo, así que me detuvieron. Después me deportaron de vuelta a Estados Unidos. Fue entonces cuando estuve metido en la venta de éxtasis y me pillaron con 2.000 pastillas preparadas por lo que fui a la cárcel por eso. Pero pagué la fianza y huí del país», cuenta el peleador de Denver. Así comenzó su periplo europeo. Primero fue Ámsterdam. Luego llegó España, donde estuvo trabajando en un bar e incluso llegó a dormir en la playa durante varios días. Metido de lleno en un ambiente nocturno y alejado de lo salubre, su aventura en libertad terminó cuando fue interceptado con un parquete de cocaína procedente de Sudamérica, por lo que tuvo que ingresar en la prisión de Tenerife. El inicio de una redención vital
Cuando Heinisch fue privado de su libertad, no imaginaba que estar atrapado entre los muros de una cárcel española iba a ser el comienzo de una carrera brillante en las MMA. «Fue genial, porque yo había peleado toda mi vida y pude entrenar con un programa para reclusos de lucha, que era el de la lucha canaria. Ya sabes, en la arena, me encantaba y lo hice realmente bien. Vencí a todos mi compañeros en la prisión. Mi entrenador era Juan Espino, que su hijo pelea ahora en la UFC, este último es uno de los mejores peleadores de lucha canaria que ha habido nunca. Gracias a él llegué a ser muy bueno y vencí a un equipo profesional de lucha canaria que vino de fuera de la prisión y que estaba subvencionado por la Federación de Lucha Canaria. De hecho, gracias a eso, ocupamos una página en el periódico. Después, el presidente de la Federación de Lucha Canaria escribió una carta a la prisión diciendo que mantuvieran a ese americano ahí porque cuando él consiguiera la libertad le querían conservar con ellos. Pero, por alguna razón, al responsable no le gustó la idea de que un americano se metiera de lleno en ese deporte, me puteó y me mandó a León, y allí no tenían lucha canaria aunque sí tenían un buen programa de boxeo», rememora Heinisch. El estadounidense fue trasladado al Centro Penitenciario de León, al que también le está muy agradecido en su renacer como persona. «Siento que la prisión realmente me cambió, me reformó. Pude hacer kickboxing y boxeo, pude practicar lucha canaria, aprendí español, iba a misa… en los programas de Tenerife y León todas esas actividades cambiaron mi vida a mejor. Me reformaron y me dieron la oportunidad de darme cuenta de que en verdad tenía talento para la lucha y me hicieron querer perseguir mi sueño», cuenta el peleador. Cuando cumplió su condena en territorio español, regresó a su tierra, donde tuvo que volver a lidiar con asuntos que habían quedado pendientes. «Me detuvieron al volver a Estados Unidos y me enviaron a Rikers Island (prisión de máxima seguridad), en Nueva York. Esa fue probablemente la experiencia más horrible que he tenido». Heinisch critica el modelo estadounidense, pues en su opinión no quieren que los presos dejen de delinquir. «Las prisiones allí son mucho peor, son un negocio, no buscan reformar. No hay actividades, la gente se pelea hasta por sillas, por comida, por cosas estúpidas. Y no existe la reforma de presos en absoluto. Para ellos es una puerta giratoria, y sólo quieren que salgas y vuelvas a entrar porque es un negocio y ellos hacen dinero con eso», lamenta. «En España me dieron realmente la oportunidad de mejorarme a mí mismo, y corregirme y hacer que persiguiera mi sueño y recuperar mi pasión por la lucha de nuevo», continúa. Con todo, Heinisch siempre tuvo claro su propósito de convertirse en una estrella de la lucha. Solo le faltaba clarificar su camino para conseguirlo. «Antes de que empezara a salir mucho de fiesta, cuando entrenaba, siempre pensé que podía acabar siendo un gran luchador. Lo sentía como un don dado por Dios, como un objetivo en lo más profundo de mi corazón. Siempre quise llegar a ser un luchador profesional, pero cuando empecé a salir, a beber, a pasar tanto tiempo de desfase, el sueño cada vez estaba más y más lejos de mi alcance. Pero, a partir de mi experiencia en Tenerife, me di cuenta de que ese tipo de vida no era para mí, que la gente con la que había pasado tanto tiempo no era realmente mi gente. Y, de repente, esta realidad me golpeó de lleno y supe que quería convertir mi cuerpo en un arma y convertirme en el campeón de la UFC», relata el de Denver con solidez. «Y es bastante guay, porque cuando se lo comentaba a toda esa gente que estaba encerrada conmigo y les decía que quería conseguir un cinturón en la UFC, pensaban que estaba loco. Y hoy en día todos ven a dónde he sido capaz de llegar. Siempre he sabido que quería ser un luchador profesional pero el haber estado en Tenerife y en León me dio realmente la oportunidad de reformarme, encontré la conexión con Dios y tuve tiempo de entrenar a tiempo completo sin tener que preocuparme por un trabajo ni nada parecido y pude perseguir mi sueño», desgrana Heinisch. Una inspiración con futuro en la UFC
Una vez que el luchador estadounidense cerró sus asuntos con la Justicia, se lanzó de lleno con su carrera en las MMA. En 2015, debutó con un KO técnico y despegó deportivamente. Se hizo con el cinturón del peso medio de SCL –una promotora de Colorado– y más tarde logró el cinturón interino de Legacy Fighting Alliance. Con un récord de 10-1, se enfrentó al que era en ese momento el mayor reto deportivo de su trayectoria en las artes marciales mixtas. Ganó el billete directo a la UFC por TKO a Justin Sumter. «Llegué a la UFC a través de las Contender Series de Dana White, pero no creo que esa sea mi redención final. Entrar en la UFC no ha sido nunca mi única meta. Yo quiero el cinturón, mejorar, saber que puedo convertirme en el mejor del mundo, viniendo desde abajo, sin tener nada. Y hay mucho trabajo aún por hacer, y tengo muchos grandes retos por delante», apunta Heinisch. El reto más difícil, el de darle la vuelta a su vida, va por el camino correcto. «Yo quería inspirar a otros con mi historia. Siento que quiero aportar algo con todo ello. Yo no tuve nunca un mentor, o alguien en quien fijarme, o una persona que hubiera pasado por situaciones similares a la mía. Por lo que quiero ser ese mentor para otra gente que esté leyendo esto. Mi mensaje para ellos es: no importa lo mayor, o lo joven que seas, o lo lejos que estés, o lo cerca del suelo. Siempre hay una oportunidad para levantarse y perseguir un sueño, y convertirse en el mejor en lo que uno quiera dedicarse. Yo estuve en prisión y no salí hasta que cumplí los 26 años y la gente dice que eres demasiado viejo, que no va a funcionar, que necesitas un plan «B», que tienes que dar marcha atrás y enfocarte en algo diferente… Ignoré las voces y perseguí mi sueño porque de verdad sentía que podía convertirme en un campeón de la UFC. Seguí el destino que me marcó Dios, encontré mi objetivo y estoy en el camino ya para llegar a ser campeón, estoy cerca del «top 10», en el número 13 ahora mismo. Creo que se puede llegar a lo que uno quiera, y que nadie diga lo contrario, no importa lo lejos que uno crea que está, o lo hundido, siempre hay una salida hacia arriba», prosigue con un discurso esperanzador. «Me encantaría pelear en un UFC España»
Este sábado, en una velada que se podrá ver a partir de las 4 la madrugada en Dazn, Ian Heinisch, a sus 31 años, encara una pelea determinante para su futuro en la mejor compañía del mundo. Tras vencer a Cezar Ferreira y a Antonio Carlos Junior «Cara de Sapato», encadenó dos derrotas frente a grandes nombres de la división como Derek Brunson y Omari Akhmedov, que le dejan una posición más vulnerable, pese a figurar como el número 13 del peso medio. «Han cambiado algunas cosas, he estado yendo a Tailandia, entrenando muy duro allí, pero tuve que volver cuando empezó la crisis del coronavirus. He encontrado muy buenos entrenadores, he mejorado mi lucha, siento que he traído de vuelta a mí algunos conceptos básicos de nuevo, y que se puede esperar una pelea muy emocionante», dice respecto a su preparación de cara al UFC 250, donde Amanda Nunes pondrá su cinturón en juego frente a Felicia Spencer. Con todo, una gran victoria frente a Meerschaert le permitirá, probablemente, entrar entre los diez mejores. «El objetivo es convertirme en campeón del peso medio de la UFC. Voy a dar todo lo que tengo y creo que lo conseguiré. E incluso, si no lo consigo, sabré que he dado todo para conseguirlo», asegura. Respecto a un hipotético evento de la compañía que preside Dana White en nuestro país, Heinisch estaría encantado de figurar en el cartel. «Me encantaría ir a España a pelear en la UFC. Claro que sí. Reencontrarme con ello sería maravilloso. ¿Madrid o Barcelona?», señala el luchador. Cuando termine su carrera deportiva, algo en lo que piensa Heinisch es poder transmitir todo lo aprendido. Permitir a otros oportunidades que él nunca llegó a tener. Ayudar todo lo que sea posible desde su experiencia en las MMA. «Cuando termine de luchar, me gustaría ayudar a niños que hayan pasado por una situación parecida. Ahora mismo, estoy haciendo lo que puedo para ayudar. He estado dando charlas en colegios, en rehabilitaciones, en diferentes programas, incluso en equipos de fútbol», manifiesta con orgullo. «Para compartir mi historia, tratar de motivar a los niños, inspirarles, hacerles ver que todo es posible. Y ahora me tengo que centrar en entrenar porque es muy complicado llegar a ser el mejor del mundo, ser un campeón en la UFC y ahora me tengo que centrar en eso. Pero después de que termine mi etapa como peleador, quiero abrir un gimnasio. Quiero que los niños que no tienen padres o mentores, que se les esté dando mal en el colegio, puedan venir a este gimnasio, donde haya clases y mentores, y puedan entrenar. Para darles una oportunidad de cambiar su camino, para que no se queden estancados para el resto de su vida, para formar niños atléticos y talentosos que no tienen rumbo y darles la oportunidad de hacer algo increíble con sus vidas. Es uno de mis sueños y de mis ambiciones y lucharé por ello».
Fuente de la noticia ABC

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