«He sido como Billy Elliot»

Espontánea como siempre, natural y perspicaz, exquisitamente amable, feliz, clara como un día primaveral en el Campo Grande de su Valladolid natal. Así se muestra Concha Velasco, a punto de cumplir 80 años y convertida ya en leyenda, después de saber que el comité organizador de los Premios Max de las Artes Escénicas va a concederle el Premio de Honor 2019. Y así es como comparte su alegría con LA RAZÓN: contagiosamente vivaz, como una joven actriz que empezase ahora a despuntar en el mundo del espectáculo. Más contenta, si cabe, sabiendo que es precisamente Valladolid la ciudad elegida por la Fundación SGAE para celebrar este año, el próximo 20 de mayo en el Teatro Calderón, la ceremonia de entrega de los Max.

–Pensaba que, a estas alturas, estaría usted ya de vuelta con esto de los premios.

–No, no, no… Yo no estoy de vuelta de nada. Eso es para personas fracasadas o dolidas. Y no soy ninguna de las dos cosas. Si yo me quejara de algo…, yo que soy creyente, creo que Dios se me aparecería…, o mi madre, y me daría un tortazo (risas). Me hace mucha ilusión este premio, porque siempre se me había resistido. (Lo dice a pesar de haber conseguido ya un Max en 2002, en la categoría de Mejor Espectáculo Musical, por «Hello Dolly!», si bien ese galardón, como ella misma señala, «es un premio de Paco (Marsó) como empresario, aunque lo ganásemos todos los que hacíamos el espectáculo»).

–También recibió con ilusión el Goya de Honor, así como los cuatro premios de la Academia de Televisión, pero, si nos ceñimos a su carrera teatral…

–¡Esta sí que es intachable y de libro!, ¿verdad? Mira, yo soy una persona modesta, pero permíteme, por favor, que presuma aquí un poco (risas). Yo canto, bailo, hago drama y hago comedia. Así que, dentro de las actrices del panorama español…, creo que soy la más completa.

–Algunos parecen olvidar que tiene usted una formación muy sólida para destacar en esas facetas, ¿no es así?

–¡Cuánto te agradezco que lo digas! Tengo mi carrera y mi título. Estudié música en el conservatorio e incluso me gané una beca como bailarina para estudiar en el Royal Ballet de Londres. ¡Vamos, que yo he sido como Billy Elliot! Pero es verdad que hay gente que cree que yo empecé en el espectáculo como por casualidad. Siempre he sido muy estudiosa, y lo sigo siendo.

–Ese «intachable» legado teatral sorprende, además, porque no parece tener fin. Ya en 2014, con «Hécuba», dejó perpleja a toda la ciudad de Mérida demostrando que aún tenía cuerda para rato.

–La verdad es que fue una función maravillosa. Pero, fíjate, ahí, en el estreno, ya noté un crujido en el estómago… Yo no contaba nada, pero estaba muy mala. Devolvía cada día, y la gente me decía: «Qué bien estás; es que te tragas la tierra». Tras dos años, por no suspender las funciones, me desperté en un hospital después de haber estado 10 días en coma.

–Aún así, se embarcó luego en otro reto que exigía tanta o más energía: el monólogo de «Reina Juana».

–Pues te voy a decir la verdad: yo tenía una deuda con Hacienda, y Juan José Seoane y Alejandro Colubi (productores teatrales) me dejaron el dinero a cambio de que hiciese ese texto de Ernesto Caballero. Pagué mi deuda y, a la vez, pude hacer una función maravillosa que me ha dado muchas alegrías. Una de ellas es que el retrato que hay en el Museo del Prado haya sustituido el letrero de Juana la Loca por el de Juana I de Castilla. Eso hay que agradecérselo a Méndez de Vigo, que no solo fue un grandísimo ministro, sino una persona excelente y muy culta. Sigue siendo muy amigo mío, porque yo soy una persona muy leal. Lo de la fidelidad es otra cosa; pero soy leal, muy leal.

–La gira con esta obra terminó en Barcelona, precisamente durante el Procés. ¿Cómo vivió aquello?

–Fuimos una semana al Teatro Borràs pensando que no iba a ir nadie y estuvimos dos meses llenando. Yo tengo mucha familia catalana y he pasado bastantes periodos de mi vida en Barcelona. Y pienso volver ahora con «El funeral». No puedo hablar de política, que luego me regañan mis hijos; pero tampoco puedo escurrir el bulto: veo con tristeza lo que ocurre, porque adoro esa tierra; creo que tenemos una Constitución para todos y hay que respetarla. Podrá tener cosas mejorables, pero no se puede despreciar, como tratan de hacer algunos.

Fuente de la noticia La Razón

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