Fiesta sin horarios, decibelios altos y optimismo en la «fan zone» del Liverpool

A primera hora de la mañana, el debate en la plaza Felipe II, donde se alojó la «fan zone» del Liverpool, andaba muy lejos de lo futbolístico. A nadie parecía preocuparle todavía si Harry Kane llegaría a tiempo para jugar de inicio la final, si Salah haría el partidazo que le consagraría como candidato al Balón de Oro o si Origi sería capaz de volver a colgarse la capa de héroe «red». A casi doce horas para el partido, el origen de toda discusión era inequívoco: ¿café o cerveza? Hubo disparidad de opiniones. Conforme se avanzaba por la plaza, desde la entrada en la calle de Narváez, el placer calmo de la cebada iba ganando terreno al nerviosismo innecesario de la cafeína. Sólo los más talludos parecían inclinarse por empezar el día como manda el canon. Resultó ser un espejismo: conforme uno iba acercándose al escenario principal, levantado a la vera del WiZink Center, la edad se diluía indistintamente en un mismo líquido. Y no estaba caliente. Donde no se admitían dudas era en el color que definía el lugar. Hasta las flores que decoran los límites del rectángulo eran rojas, en un movimiento maestro de la organización, no se sabe si buscado o fruto de la casualidad. Con el calor aún cogiendo carrerilla, la afición del Liverpool se dividía entre quienes ahogaban los excesos de la noche del jueves en otros nuevos y quienes dormían la mañana en el hotel. Entre estos últimos y los que todavía estaban por llegar, la mañana transcurría en un ambiente de calma mentirosa. Bastaron un par de estímulos de la megafonía para alentar a una masa que, aunque todavía cruda, estaba allí para lo que estaba. El «Seven Nation Army» de The White Stripes destapó el tarro del «hooliganismo». Aun con ello, llamaba la atención la pulcritud de la hinchada «red» cuando tocaba limpiar la zona de desperdicios, siempre pendientes de soltar el lastre en los contenedores. Hay casos que, por sí solos, explican de qué va esto del fútbol y cómo es posible que una ciudad de la dimensión de Madrid se vuelque de tal forma con un partido que ni les va ni les viene. La familia Ambrose, compuesta por tío, sobrino e hijo de este último (James, Carl y James Jr.), acaba de pisar la capital después de hacer 30 horas en autobús desde Liverpool. No tienen entradas, y verán el partido donde buenamente puedan. Cuando James se levanta y abre la ventana de su casa, lo primero que ve es la fachada de Anfield. Lo segundo, el tatuaje de su antebrazo izquierdo. Junto al escudo del equipo de su vida se lee «Thank God I was blessed to be born a red» (Gracias a Dios que fui bendecido al nacer «red»). Debajo las cinco Copas de Europa que hasta el momento han ganado. Confía en que el lunes pueda ir a hacerse la sexta. Dicen que van a ganar de goleada, 4-0. «¿Quién es el mejor equipo, el que tiene al mejor jugador del mundo? Ese, el Barcelona. Pues mira, 4-0», presumen. Menos gracia le hace todo esto a un camarero del Lizarrán que hay en medio de la plaza. Cuenta que ayer por la noche, a eso de las once y media, tuvieron que cerrar a toda prisa el local porque la cosa se estaba descontrolando. «Ahora son muy majos, todo muy bonito, pero en cuanto se emborrachen verás», dice. Asegura que ayer los seguidores del Liverpool se pelearon entre ellos. Vio alguna cabeza abierta y botellas volando. No va a poner el partido en la tele porque tiene miedo de que le «destrocen» el bar. En la barra explican que lo más normal es que los ingleses pidan una cerveza y un botellín de agua porque, con el sol y el alcohol, se deshidratan. Los agentes de policía que vigilan el lugar, preguntados por la noche de ayer, aseguran que no hubo el más mínimo problema. Anne Burns y Jackie Greatorex acaban de llegar en avión. Son habituales en The Kop desde que eran niñas. Anne tiene entrada Jackie no. Comentan que las posibilidades de que te tocase una de las 17.000 que tenía el Liverpool eran de un 4,31 por ciento, siempre y cuando hubieses asistido a los seis partidos en casa y a uno de los de fuera que el equipo ha jugado en esta edición de la Champions. Las dos están casadas pero han venido solas, y se entiende rápidamente. El marido de Anne es del Everton y el de Jackie, del Arsenal. El caso de Anne es de lo más cómico: tiene dos hijos, uno del Liverpool y otro del Everton, y cuatro nietos, dos «reds« y dos «toffees». Define las comidas de Navidad como «una experiencia enriquecedora». Entrado ya el mediodía, se escuchan abucheos en el centro de la «fan zone». Se dirigen a Gavin Cullum, el portador de la única camiseta del Tottenham que se ha atrevido a pisar territorio enemigo. Por suerte, lo acompaña un amigo que lleva la del Liverpool y que dice llamarse Domenico Berardi, igual que el jugador del Sassuolo. Los une y los separa, según convenga, Simon Keal, aficionado del West Brom por culpa de su abuelo. Los tres vienen de un pequeño pueblo a unos 40 minutos de Leicester, llevan en Benidorm desde el miércoles y lucen una piel de relación distante con la crema solar. Los padres de Domenico son italianos que emigraron a Inglaterra y allí, como había que tener algún equipo, su padre se inclinó por el de Klopp. Él heredó la afición, y explica que Gavin sea de los «spurs» con una broma sobre las costumbres judías cuando nacen los niños. Para evitar que la cosa vaya a mayores, han decidido «emborracharse» en una zona neutral.
Fuente de la noticia ABC

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