Enrique Vila-Matas: “En literatura, callarme no me callaré nunca nada”

Simon Schneider tiene un trabajo curioso. Es un «hokusai», es decir, se encarga de buscar citas literarias para escritores, como su hermano Rainer, un autor de éxito que prefiere la invisibilidad a la manera de Pynchon. Ese es el punto de partida de «Esta bruma insensata», el estupendo nuevo trabajo de Enrique Vila-Matas.

–¿Por qué escogió como fecha para su libro el 27 de octubre, el día en el que se declaró la independencia en el Parlament de Cataluña?

–La novela la empecé a escribir mucho antes y, como en todas las historias que cuento, necesitaba situarla en un lugar y en unas fechas. Decidí ese fin de semana como telón de fondo, pero no hay ningún motivo concreto. Encuentro que son días más interesantes. Por otra parte, un libro mío anterior, «Hijos sin hijos», iba encabezado por aquella frase de Kafka de su diario en la que dice: «Hoy han declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Para mí el buscar nombres para los personajes, lugares en los que ocurre la acción y fechas es un trámite no enojoso, pero sí que tengo que resolver. Necesito contar algo que no puede suceder en un sitio cualquiera ni en un lugar cualquiera. En «Hijos sin hijos», todos los personajes eran indiferentes a la realidad política porque estaban demasiado preocupados por ellos mismos y en las cosas dramáticas que les sucedían a sus vidas. Por tanto, el telón de fondo era eso: simplemente un fondo.

–Simon, el narrador, dice que «nunca me había parecido que la literatura tuviera que ponerse a escarbar en busca de realidades políticas». ¿Dónde debe situarse la literatura?

–En primer lugar esto, al igual que hay muchas cosas que dice el narrador que no suscribo, está sí. ) Como lector disfruto cuando veo que Kafka, hablando de su padre, alcanza la realidad supranacional y social de Checoslovaquia hasta el punto de que su obra fue prohibida por el régimen comunista. Y eso que solamente hablaba de su familia. Así que ese tipo de literatura política –y lo es– es la que más me atrae. Se ha dicho, por ejemplo que durante la dictadura argentina de Videla el que mejor reflejó lo que pasaba fue uno que no habló directamente de la represión de los militares. Me refiero a Manuel Puig. Él pone un diálogo en la cárcel de dos personas hablando de cine [en «El beso de la mujer araña»]. Esa atmósfera nos remite al drama auténtico. Es como en los cuentos de Hemingway, donde el drama se intuye a través de lo que van diciendo los personajes.

–En otro momento de «Esta bruma insensata», el narrador se pregunta qué no se callaría. ¿Qué no se callaría?

–Ese es un momento del libro en el que el narrador critica a su hermano por frívolo. Steiner cuenta el caso de un estructuralista muy famoso que estaba en el lecho de muerte y rodeado de sus alumnos estructuralistas. «¡Basta!», dijo. «¡No puedo más! La única cuestión que interesa es saber si existe o no Dios». Era Paul de Man. Por lo que se refiere a la pregunta, callarme no me callaría nunca nada, pero intentaría siempre ser oportuno en el momento de decirlo.

–¿De los dos hermanos, de quién está más cerca: del descubridor de citas o del que es un «Thomas Pynchon»?

–Me han dicho que los dos eran yo mismo y no lo sabía. Me he dado cuenta después. ¿Preferencia? Por ninguno. Lo que veo es que el narrador, que tiene un problema de financiación bastante notable, con la desaparición del hermano consigue salvar su economía. Una de mis primeras ideas sobre el libro era titularlo «La financiación de Van Gogh». Me pareció un título para un «best-seller» y habría reducido todo a una mera historia económica.

–La literatura también puede ser según algunos editores simplemente un vehículo para ganar dinero.

–Sí. Pero si solo es eso, hay ejemplos de desastres notables. (Risas)

Fuente de la noticia La Razón

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