En un recodo del río

Figuraban con pasaporte humano, pero transitaban con naturalidad por los territorios de los espíritus. Se relacionaban con ellos igual que con los vecinos o conocidos. Habrá quienes piensen que es literatura, que nada tiene que ver con la realidad real, menos sofisticada, más material. Se equivocarán. Gentes existen con características especiales. Cuantos les conocieron en su dimensión humana experimentaban una sensación de extrañeza. Algunos lo atribuían a su procedencia francesa, otros se quedaban en la sensación. Simplemente. Les acompañaba un aura que, incluso en las actitudes y comportamientos más ordinarios, les hacía diferentes. Aunque los que les trataron de cerca intuían que aquella percepción indescriptible nada tenía que ver con el lugar de procedencia. Derrochaban familiaridad emocional con el más allá. Sí, hablaban con los espíritus, trataban con ellos con la espontaneidad con la que lo hacían con los amigos. Estaban aquí, pero se adentraban con fluidez en lugares invisibles. ¿Poseían los dos, el hombre y la mujer, doble personalidad? ¿Estaban locos? Quienes se relacionaron con ellos o cultivaron su amistad les consideraban cercanos, próximos, entrañables. Generosos, desprendidos. No poseían un instinto de propiedad o pertenencia exagerado. Solo un tufillo francés inconfundible. Ella, en ocasiones, mostraba, apenas insinuados, rasgos de bruja amable. Él se asemejaba a un profesor, experto en minerales y en los resultados de combinatorias alquímicas. ¿Investigador de la Cábala? ¿Nigromante? ¿Científico? En realidad, un Merlín demasiado humano o un Alcuino menos intrigante que el asesor de Carlomagno. Ella, cuando escribía o dibujaba, se transformaba. Él la acompañaba en el viaje o la dejaba vagar libremente. Dependía. A los extraños les explicaban que hacían escritura o creación automática. Con estas claves es más fácil comprender su obra más hercúlea: «El Mural del Anillo», que crearon para la antigua Universidad Laboral de Toledo. En él se refleja su universo dual. En la pared, donde se reproduce el plano idealizado de la ciudad, cohabitan con la espontaneidad de lo diario el mundo de arriba y el de abajo. Cada uno en su dimensión terrestre o aérea ocupa su espacio en un equilibrio armonizado. ¿A alguien le podría extrañar que en la representación que construyen de la ciudad no sea posible la existencia de dos mundos interrelacionados? En pocos lugares, entre ellos Toledo, resulta tan asequible la cohabitación cotidiana de ambos univesos . Ellos descubrieron, como pocos elegidos, la puerta que existe en Toledo entre el aquí y el allá. Por eso se afincaron aquí, aquí quisieron vivir y hubieran querido morir aquí. No fue posible. Aún así permanecen entre nosotros. Suzanne Grange y Raymond Edanz están presentes en Toledo. En un recodo del Tajo. Cuando el rio empieza a abrirse hacia el puente de San Martín y las vegas esplendorosas. En el último recodo del rio flotan parte de sus cenizas. Ya tal vez incrustadas en las piedras. O en las raíces de las plantas silvestres.
Fuente de la noticia ABC

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