El Sínodo de la Amazonia aborda la ordenación de hombres casados

La imagen no es demasiado común. Grupos de indígenas con el rostro pintado y penachos de plumas en la cabeza desfilando por el altar de la Basílica de San Pedro para entregarle ofrendas al Papa. Así comenzó ayer oficialmente el Sínodo de los obispos sobre la Amazonía, una asamblea en la que los jerarcas de la Iglesia debatirán a partir de hoy sobre los problemas de esa región del mundo, pero en el que los verdaderos protagonistas son ellos, sus pobladores que ayer tuvieron las puertas del Vaticano abiertas. En su homilía, con la que Francisco inauguró estas tres semanas de conversaciones, el Pontífice pidió a los miembros de su Iglesia que tengan la valentía de afrontar los temas que se han puesto sobre la mesa. «Si todo permanece como está, si nuestros días están marcados por el ‘‘siempre se ha hecho así’’, el don desaparece, sofocado por las cenizas de los temores y por la preocupación de defender el statu quo», dijo.

Los principales asuntos que abordarán los 185 padres sinodales y más de medio centenar de expertos, que deberán consensuar las conclusiones, serán los retos de la evangelización en la selva amazónica y los problemas ecológicos que ésta afronta. Sobre este último tema, el mensaje es absolutamente radical. Como recordó el cardenal brasileño Claudio Huumes, relator general del Sínodo y uno de los hombres de mayor confianza del Papa, se plantea una «reforma integral» económica y social, que aborde a la vez la pobreza, la desigualdad y la ecología. Como ha dejado patente Francisco en el pasado, son asuntos interconectados. Pero su reforma requiere un cambio de paradigma, al que muchos políticos no están dispuestos. Desde el Gobierno brasileño de Jair Bolsonaro, que minimiza constantemente los problemas medioambientales en el Amazonas, la apertura de este Sínodo supone una «injerencia interna».

Trabas en la evangelización

Más espinoso es aún el ámbito que afecta directamente a la Iglesia, las trabas para la evangelización en esta zona selvática. Según los religiosos de la región, el 70% de las comunidades indígenas apenas pueden asistir a misa porque no hay sacerdotes suficientes. Y esto ha contribuido a que la ya pujante Iglesia pentecostal se abra paso.

Según un estudio del instituto brasileño Datafolha, nueve millones de fieles han abandonado el catolicismo en Brasil solo en los últimos dos años. Esto abre la puerta a que hombres casados, los llamados «viri probati», o mujeres puedan asumir algunas labores de los curas allá donde estos no llegan. Este debate ya ha enfervorecido a los sectores más conservadores de la Iglesia, que han desenterrado la palabra «herejía», e incluso a los más institucionalistas. El propio prefecto de la Congregación para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, Marc Ouellet, se ha declarado «escéptico» en el caso de los ‘‘viri probati’’.

Impulso de la mujer

El alcance de estas cuestiones pondrá a prueba la capacidad del sector más conservador para marcar la agenda y hasta dónde está dispuesta la Iglesia a cambiar. En Alemania, su Conferencia Episcopal, de las más aperturistas que existen, ya discute –entre otros temas– del celibato y un mayor protagonismo de la mujer en la celebración de los sacramentos. Lo que salga de estas tres semanas en el Vaticano probablemente no vaya tan lejos y siempre quedará la justificación de que se circunscribe a una zona muy concreta del mundo y a unas circunstancias específicas. Pero será un primer paso. Y ahí, consciente de los diferentes fuegos en los que se mueve, el Papa Francisco apeló ayer a una «prudencia audaz, que inspire el Sínodo para renovar los caminos de la Iglesia en la Amazonía, de modo que no se apague el fuego de la misión». «La Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de mantenimiento para los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial», remachó.

Ese espíritu de «Iglesia en salida», que tanto le gusta repetir a Bergoglio y que quedó impregnado el día anterior con la creación de 13 nuevos cardenales con aires de párroco, volvió a instalarse ayer en el Vaticano. No solo por los colores y las plumas que lucían los asistentes, sino por las palabras del líder máximo de la Iglesia católica.

Recordó a los obispos que con su nombramiento no alcanzan ningún privilegio, sino la obligación de «prestar servicio al pueblo de Dios». Lo calificó como un «don» y explicó que «un don no se compra, no se cambia y no se vende: se recibe y se regala. Si nos aprovechamos de él, si nos ponemos nosotros en el centro y no el don, dejamos de ser pastores y nos convertimos en funcionarios», afirmó.

Nuevos colonialismos

Francisco demostró que esa valentía que pide a los padres sinodales empieza por él mismo. Porque lejos de amedrentarle las críticas de Bolsonaro, que considera que los incendios en el Amazonas no son para tanto, el Papa quiso comenzar el Sínodo insistiendo en lo contrario. «Dios nos guarde de la avidez de los nuevos colonialismos. El fuego aplicado por los intereses que destruyen, como el que recientemente ha devastado la Amazonía», enunció en la misa. También consideró que esa evangelización con la que llegaron los primeros cristianos a Suramérica, a menudo se ha transformado en «colonización». Y de aquellos polvos, estos lodos, como ya ha expresado en otras ocasiones. Para el Pontífice no hay periferia irrelevante. Al revés, pretende que desde esas realidades la Iglesia se regenere. Que un Papa llegado de Argentina le haya conferido al Amazonas el suficiente valor para dedicarle un Sínodo y que quiera abordar en él algunos de los retos más acuciantes, da una pista del camino por el que quiere conducir a la Iglesia.

La palabra pasa ahora a los más de 250 asistentes al Sínodo, de los que la mayoría son obispos de la cuenca del Amazonas. Unos 80 son líderes indígenas y expertos en la materia, incluidas 33 mujeres que participarán en los debates. El número de mujeres es mucho mayor que en otros sínodos, aunque no han conseguido obtener derecho a voto, pese a las reivindicaciones de colectivos de religiosas. El próximo 27 de octubre se conocerán las conclusiones, que quedarán en manos del Papa, para que sea él quien decida si conviene llevar las recomendaciones a un documento pontificio.

Fuente de la noticia La Razón

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