El Reina Sofía dedica una retrospectiva a Rogelio López Cuenca

Rogelio López Cuenca nació en 1959 en Nerja. De pequeño poco le importaba ir a un museo. De hecho, no puso un pie en uno hasta que no cumplió los veinte. Lo suyo iba más por la literatura y la escritura. Otra cosa fue cuando experimentó –como él dice– con «otras formas artísticas». En la literatura no sonó la flauta, pero sí encajó en lo artístico porque consiguió cierta receptividad. «La literatura es un mundo bastante más conservador. Fíjate que los libros que más éxito tienen son los que están escritos como en el siglo XIX», deja caer. Unas cuantas de sus obras se han convertido en emblemas, en iconos que tienen todo y nada del mundo del pop. Apropiándose de imágenes, tomándolas prestadas para crear y recrear a partir de ellas, ha dado la vuelta a la tortilla creativa y la marca de unos refrescos se transforma en un objeto que nada tiene que ver con la chispa de la vida.

El Museo Reina Sofía le ha abierto las salas de par en par en forma de retrospectiva –cuyo comisario es su director, Manuel Borja-Villel– en la que presenta un recorrido a través del conjunto de su obra. Toda entera. Desde que formaba parte del colectivo Agustín Parejo School en los ochenta hasta ayer mismo. A los casi sesenta no sabemos si le impone verse expuesto al público. ¿Impone desnudarse artísticamente hablando? «No me ha dado tiempo a tomar distancia todavía. Han sido unos últimos días bastante intensos y un par de años de preparación, y pierdes la perspectiva». No ha impuesto su criterio a la hora de seleccionar porque le ha parecido que el de los comisarios se ajustaba plenamente a lo que él pensaba y quería: «Lo que está es lo que es. Yo he tenido poca intermediación porque no ha hecho falta. He dejado hacer, también por propio pudor», dice. Y cuando ve lo que hacía en los noventa y lo que se hace hoy y lo que él hace hoy parece como si hubiera entrado en un bucle espacio-temporal, pues la vigencia de sus trabajos es totalmente actual. «Noto las obras lejanas muy cercanas. Creo que la mayor diferencia que existe entre los trabajos viene del mundo de la tecnología. Cuando miro a las de hace cuarenta años es como estar en la prehistoria. Te hace sonreír la posibilidad de su uso. Hay temáticas de los 90 relativas al desorden mundial, las guerras periféricas o el movimiento mundial de refugiados. Me parece muy llamativo la pavorosa actualidad de ciertos asuntos».

La chispa de la vida

Poeta y artista visual, López Cuenca está en la órbita de la tradición de la crítica institucional y conecta tanto con la vitalidad transgresora de las vanguardias históricas como con el mundo del pop en un trabajo en el que el lenguaje es un elemento capital. Mediante la ironía, el artista trata temas peliagudos, pero con su toque. Obras que nos pueden arrancar una sonrisa o conseguir que ésta se nos quede helada a mitad de camino. Parece que fuese a dar un golpe en la mesa a través de sus piezas, pero cuando le oyes hablar tiene este malagueño la voz muy suave y el deje en la boca. Y en esa lengua que dice que ha tenido que morderse en alguna ocasión, «más veces de las que quisiera. Hoy la censura se ejerce mediante la viabilidad económica o simplemente dejando que todo fluya y que pase desapercibido entre la multitud», comenta. La lengua, lo subrayamos, no se la ha mordido. «La censura se ejerce hoy de manera bastante más sofisticada. La violencia actual es difusa y bucólica y no la percibes como tal», asegura. La ironía es otra compañera de viaje a la que siempre se ha llevado López Cuenca en la maleta allá donde haya expuesto, haya donde haya trabajado: «Me parece muy importante en la proyección cultural», y añade que considera «fundamental poner en crisis el modelo del artista genial». Y de eso habla largamente, de que tampoco hay tantos grandes popes del arte que se pueden permitir vivir con holgura y tener varias casas, una de ellas, por ejemplo, en Nueva York, por situar una ciudad en el mapa. «En el mundo del arte lo que es noticia lo es en la medida en que se trata de una falsificación o de una obra que haya alcanzado un precio absolutamente desorbitado en una subasta, si no parece como si no existiera. El día a día apenas tiene trascendencia y es entonces cuando se crea una percepción falsa. Yo creo que por parte de las instituciones no existe el menor interés por solucionar los problemas de los trabajadores del mundo de la cultura en general». No le falta un ápice de razón. Y es cuando aprovechamos para preguntarle por el panorama artístico patrio y por el mercado: «El mundo del arte español tiene particularidades específicas locales pero sufre la misma embestida que el neoconceptualismo liberal que se aplica a todo». Y al hablar del mercado lo tiene más claro todavía: «Si el baremo de lo que tiene valor en el arte en su valor económico estamos perdidos porque entonces la cultura solo evoluciona según su comercialidad». Una cultura que dice, está «abandonada. Existe una visión conservadora del arte. Siempre se programa lo mismo y parece que se protegiera lo que tiene alrededor un aura de indiscutible», asegura antes de entrar a hablar de Málaga y su «política de escaparate». De hecho, en el museo ha montado un curioso «merchandising» en el que Picasso y todo lo relativo y referente a su mundo tiene espacio: muñecos, llaveros, botellas, libros, puzles…, de todo lo imaginable. Hasta una hamaca. ¿Y cuál es la conclusión que extrae ante este panorama? Para que después diga que se ha mordido la lengua: «La cultura se parece mucho más a la agricultura de lo que creemos».

Descubrir América

Creado específicamente para esta exposición es el proyecto «Las islas», que habla de los efectos históricos del colonialismo y su perpetuación en el presente a través de las figura de la industria turística. López Cuenca hace en él una relectura crítica de algunos textos y grabados históricos relacionados con el Descubrimiento de América para mostrar la mirada colonial como medio de control.

Dentro de ese mundo de espectáculo en el que comenta que vivimos hablamos de la pasada obra «estrella» de ARCO: «Cuando la vi tenía tapada la cabeza con una bolsa. Ni se veía lo que podía ser y pensé: ”Esa es la obra que lo va a copar”. Menudo acierto. La feria es una sucesión de objetos que compiten por llamar la atención del espectador. Es desde ahí desde donde contemplo la obra. No voy a entrar en otro tipo de valoraciones». Ahí lo dejamos.

Fuente de la noticia La Razón

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