El obispo al que ficharon de «semental» para salvar la Casa Real de Aragón

En 1134, el Reino de Aragón se asomó al abismo: el rey Alfonso I El Batallador murió sin haber tenido hijos, y había dejado un desconcertante testamento en el que repartía todas las posesiones entre las órdenes militares del momento. Para evitar ese entuerto, la nobleza se conjuró para coronar al hermano del fallecido Alfonso I. El problema es que era monje y obispo, así que se le forzó a aparcar los hábitos, hacerse cargo del trono, buscarse esposa y encamarse para tener descendencia cuanto antes. Una suerte de «semental» de sangre real que, por otra parte, cumplió con éxito su misión. De esa forma, Ramiro, que había empezado su carrera religiosa siendo niño, pasó de ser monje a convertirse en rey; de ser obispo a copular por el bien de la Casa Real aragonesa; y de vivir entregado a la oración y la vida contemplativa, a gobernar con terrenal mano dura para plantar cara a quienes amenazaban al Reino de Aragón. Su reinado fue un camino de obstáculos desde el primer momento. Tuvo que hacer frente a las revueltas de la nobleza; le tocó lidiar con un territorio que estaba amenazado y en pleno proceso de consolidación, conforme avanzaba la Reconquista; no tenía formación militar ni política, al haberse criado desde niño al servicio de la vida monástica; y le tocó encarar una crisis económica de tal calado que incluso le forzó a devaluar la moneda para esquivar la ruina financiera y comercial del Reino de Aragón. Ramiro fue llamado a ser rey poco después de que hubiera sido nombrado obispo de Roda, la poderosa sede episcopal del viejo Reino de Aragón. Había llegado a ese obispado siendo abad del Monasterio de San Pedro el Viejo. Pero tuvo que aparcar los hábitos de la noche a la mañana, y aparcar los votos de castidad. Se casó con Inés de Poitiers, hija del duque Guillermo IX de Aquitania (Francia). La fertilidad de la candidata estaba probada de antemano: era viuda y ya había tenido cuatro hijos. La boda entre Ramiro e Inés de Poitiers tuvo lugar en la catedral de Jaca, en 1135. El obispo rindió sexualmente con rapidez, y al año siguiente nacía Petronila, con lo que el Reino de Aragón pasaba a tener garantizada la descendencia. Cumplida la misión, Ramiro acabó volviendo a su vida de monje, aunque sin dejar de ser rey. Volvió a recluirse en el Monasterio el Viejo, donde murió y fue enterrado en 1157.
Fuente de la noticia ABC

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