El italiano que se enamoró de España

El baloncesto es un deporte de jugadores en el que no siempre ganan los mejores. La incidencia del entrenador es mayor, pues tiene en su mano muchas decisiones que pueden cambiar el rumbo de un partido. De un campeonato también. Lo sabe bien Scariolo, emocionado ante el reto que suponía dirigir a un grupo tan nuevo y sin mucha experiencia en este Mundial. Mezcla de veteranos y jóvenes talentosos a los que había que modelar. Le apasionaba tanto el experimento que en sus pocas horas libres en Toronto se dedicaba a diseñar nuevos sistemas. Defensas con las que maniatar a las estrellas de los equipos que sabía que se iba a encontrar en China. «Ha sido divertido», reconocía estos días el italiano, que le ha dado a España siete medallas en ocho torneos. Solo en el Mundial de 2010, el del fatídico triple de Teodosic en cuartos de final, se quedó sin subir al podio con la selección. El equipo de su vida. El país que ocupa ya su corazón, por encima incluso de Italia. Un jovencísimo Sergio Scariolo visitó por primera vez Málaga de 1986. Apasionado ya por un deporte que había sido el centro de su vida desde siempre, el italiano se desplazó a España para seguir a su selección, la italiana por aquel entonces, en el Mundobasket. Un viaje que sería premonitorio, pues aquella zona de España en la que tan bien se lo pasó aquellos días se iba a convertir años después en su hogar. Hijo de entrenador, su padre Césare le inculcó el amor por la canasta siendo un niño y ya nunca pudo alejarse de ella. Jugador mediocre, no tardó en pasar al banquillo para seguir ligado a la canasta. Dando pasos de gigante hasta llegar a la Lega y de ahí, al Baskonia. Su trampolín en la ACB, donde también entrenó al Real Madrid y al Unicaja. Pasó cinco años en Málaga, los mejores en la historia del club verde, al que llevó al título de Liga en 2006. En esta época se enamoró de Blanca Ares, su mujer (exjugadora -¡cómo no!- y campeona de Europa como España), que es uno de sus apoyos fundamentales. Desde que nacieron sus hijos, Carlota y Alessandro, le han seguido por medio mundo. De Marbella -donde tienen su centro de operaciones- a Moscú, Milán o Toronto. Familia unida a la que el paso del tiempo ha ido separando. Al menos físicamente. Porque su hijo ha puesto rumbo a Nueva York para jugar al baloncesto en el Manhattan College de la NCAA tras haberse proclamado campeón de Europa sub 18 con la selección española. Los suyos son los únicos partidos que Scariolo vive con un punto de emoción, porque cuando está en un banquillo los sentimientos no tienen cabida. Ahí es un robot que analiza y decide en segundos. «No puedo permitirme pasarlo mal. Es una toma de decisiones tras otra. Para mí es lo más divertido», asegura. En ese sentido, el Mundial de China ha sido un viaje apasionante para él, porque ha podido poner en práctica su pizarra como pocas veces antes. De hecho, sus inicios en la selección española fueron muy diferentes. Scariolo llegó al equipo nacional en 2009, apenas unos meses antes del Europeo de Polonia. Era aquel un equipo muy hecho, sin ausencias, en el que los «Júnior de Oro» ya formaban el núcleo duro del vestuario. El aterrizaje del técnico italiano, con un sinfín de sistemas y tácticas, abrumó un tanto a los jugadores, que le pidieron más libertad. No es que se negaran a aceptar su método, pero sí que buscaron un punto de encuentro intermedio para ir adoptando aquello sin prisas. Inteligente, el italiano entendió pronto que aquel era un vestuario especial y les dio la libertad que reclamaban, lo que se tradujo en un oro, el primero de la historia para España en un Europeo. Un trotamundos Sergio Scariolo nació en Brescia en 1961. Su padre, entrenador, fue su modelo. Él también cogió muy joven la pizarra, y con solo 29 hizo campeón de la Lega al Pesaro. Fichó por el Baskonia en 1997, y de ahí pasó al Real Madrid y al Unicaja. A todos los hizo campeones. Luego dirigió en Moscú y Milán. Como seleccionador ha ganado tres oros europeos y un bronce, plata y bronce olímpico y este oro mundial. Había nacido un idilio que se ha prolongado en el tiempo. Alguno de aquellos jugadores, como Marc Gasol o Ricky Rubio, reconocen ahora la valía del técnico como pieza clave en la historia del baloncesto español. «Tenemos un entrenador muy bueno al que hay que darle crédito. Nos hace mejorar. Saca lo mejor de cada jugador. Lo ha hecho muy bien con nosotros durante todos estos años», explica Marc. Scariolo se ganó el corazón de los pesos pesados de España en 2009 y alargó aquella relación hasta los Juegos de Londres. Entonces anunció su marcha. Necesitaba un descanso para estar más tiempo con la familia. Para ver crecer a sus hijos. Un impas que se alargó hasta 2015, cuando después del desastre del Mundial 2014, la federación volvió llamar a su puerta. Alargó entonces su leyenda con el oro inolvidable del Europeo de Francia y con el bronce olímpico en Río. También con una meritoria medalla de bronce en el Eurobasket de 2017, aunque ha sido este Mundial su obra maestra. Campeón de la NBA
Estuvo en el aire su presencia en China, pues el pasado verano su vida sufrió un terremoto. La oferta de los Raptors para que fuera uno de sus asistentes complicaba su participación con España en las ventanas de clasificación. No quería dejar pasar el tren de la NBA y tampoco quería desligarse de la selección. Fueron días duros, de conversaciones largas con el presidente Jorge Garbajosa y con los responsables de la franquicia. Al final, entre todos, llegaron al acuerdo que permitiría al italiano compatibilizar ambos puestos. Decisión que se ha revelado como clave en el devenir del combinado nacional y que ayer agradecía. Durante las ventanas, Scariolo acumuló un conocimiento distinto del baloncesto español y pudo trabajar muchos de los sistemas que ha puesto en marcha en esta Copa del Mundo de eterno recuerdo. «Para los chicos de las ventanas también va este oro. Me comprometo a que todos tengan su medalla, aunque no sé si me estoy aventurando mucho», bromeba feliz. En la NBA también aprendió cosas que ha implementado en la selección. Fórmula ganadora que ha llevado a España al oro. Sin apenas descanso volverá ahora a su rutina en Toronto. A estar con su mujer y su hija, a las que apenas ha visto en los últimos cinco meses. Siempre cerca de la canasta y mirando hacia, el país que lo adoptó cuando era joven y que ya no podrá sacar de su corazón.
Fuente de la noticia ABC

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