El histriónico actor que hacía llorar al público (femenino) y a los críticos

«¿Usted se da cuenta de que su teatro es francamente malo?» «Para mis miles y miles, o millones de espectadores, es buenísimo y no entendería otro mejor. Mire usted, a mí, en una ocasión, en una ciudad española, un grupo de gente intelectual silbó la obra, o mi trabajo, y salieron en defensa la totalidad del público del teatro, que lo llenaba, y que era femenino. Al día siguiente, una de esas espectadoras, que era vendedora de pipas, me paró cuando pasé por su puesto y me dijo: ”Doroteo, ayer estuve en su teatro y no comprendo la actitud de esa gente; si todos hicieran un teatro tan bonito como usted, yo iría siempre al teatro”». Este texto es un fragmento de una descarada entrevista que publicó en 1965 Manuel del Arco en «La Vanguardia Española». El entrevistado es Doroteo Martí, un actor de origen incierto (todo apunta a que nació en Valencia y emigró a Hispanoamérica, razón por la que algunas fuentes lo calicaban de actor argentino). Fue protagonista de una de las más populares radionovelas de la posguerra española, «Ama Rosa», que él mismo llevaría al teatro. Doroteo Martí tenía tanta popularidad entre el público (fundamentalmente el femenino) como escaso aprecio entre sus compañeros de profesión. En su libro «Aquí sale hasta el auntador», Fernando Fernán-Gómez escribe: Era «el gran especialista en melodramas lacrimógenos, ídolo de los públicos populares que abarrotaban los teatros en que actuaba, obligando en algunas ciudades a dar representaciones incluso por las mañanas. En cambio, entre los profesionales no gozaba fama de buen actor sino todo lo contrario. Le consideraban amanerado, truquista, decían que utilizaba los recursos más ramplones del oficio. Y que lo hacía no de una manera voluntaria, porque antepusiera el interés económico al artístico, sino porque no sabía actuar de otra manera». Debía ser el actor consciente de sus limitaciones, porque en una entrevista, al preguntársele si los personajes que interpretaba eran de carne y hueso, respondió: «El mío, porque siempre hago el mismo, sí». Y es que, de las ocho funciones que tiene registradas el Centro de Documentación Teatral en las que intervino Martí entre 1953 y 1965, seis son del autor de «Ama Rosa», Guillermo Sautier Casaseca: «La segunda esposa» (1955), «Un arrabal junto al cielo» (1956) -estas dos firmadas junto a Luisa Alberca-, «Ama Rosa» (1959), «Las dos hermanas» (1961), «Sangre negra» (1963) y «El Cielo está en el bajo» (1965). La relación de Doroteo Martí con la crítica tampoco fue muy estrecha. Alfredo Marqueríe, según Juan A. Ríos Carratalá, de la Universidad de Alicante, «llegó a emprender en ABC una especie de campaña en contra sin perder la sonrisa de la ironía». Se cuenta que en una ocasión, cuando trabajaba junto a María Fernanda Ladrón de Guevara, entró una noche muy alterado en su camerino: «¡Es tremendo, María! Dicen que la comedia que llevamos es una obra para analfabetos». «¿De dónde ha salido eso?», preguntó la actriz. «Aquí está, en este periódico», repuso Martí. Y la respuesta final de la gran dama de la escena de la época no pudo ser más categórica y enigmática: «Bueno, no se preocupe. Como los analfabetos no saben leer, seguirán viniendo». Se cuentan no pocas anécdotas de Doroteo Martí, que era perfectamente consciente de lo que el público esperaba de él. En una ocasión, estando en escena, se calló de repente -para pavor de sus compañeros de reparto- y se quedó mirando fijamente a una mujer. De repente se dirigió al público. «Dios mío, esa señora de la tercera fila me recuerda muchísimo a mi madre, mi santa madre, que no pudo disfrutar de mis grandes éxitos. Señora ¿me permite que baje para darle un beso?» Y a continuación bajó al patio de butacas para besar a la señora que, dicen las malas lenguas, pasó después por taquilla para cobrar el gesto. Fernán Gómez cuenta en el mencionado «¡Aquí sale hasta el apuntador!» otra anécdota, que retrata al personaje. Doroteo Martí llevaba a cabo una de las funciones que se realizaban de madrugada -bautizadas «La Golfa«- para que otros compañeros de profesión también con obras en cartelera pudieran verlas. El actor se dio cuenta de que el público estaba con ganas de juerga y antes de levantarse el telón se dirigió a sus compañeros espectadores: »Distinguidos compañeros y simpático público que me honráis con vuestra querida asistencia; antes de comenzar la representación, deseo y debo hacer un breve comentario sobre mi modesta actuación, que podréis comprobar, durante el desarrollo de la obra anunciada, soy el peor de cuantos actores pisan las tablas, pero, por otra parte, tengo la satisfacción de comunicaros que, aun siendo cómico, y no de los buenos, se pueden ganar millones». Y es que Doroteo Martí conocía bien a su público y sabía cómo tocar su fibra sensible. También es el libro de Fernán Gómez la fuente de esta otra anécdota. «Representaba el drama ”Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo”. Martí, clavado en la cruz al final de la obra, dejaba caer la cabeza sobre su pecho, como muestra de haber exhalado el último suspiro. Ruedan las lágrimas por las mejillas de muchas espectadoras. Otras se las enjugan con pañuelos. Desciende y sube el telón repetidas veces para corresponder a los aplausos de un público sinceramente entregado y conmovido. En una de esas subidas, el telón no desciende inmediatamente, queda alzado. El crucifricado yergue la cabeza y en el tono más natural y simpático del mundo, se dirige a los espectadores, todavía conmovidos, y les anuncia: «Mañana, tarde y noche: ”Genoveva de Brabante”». Y vuelve a quedar postrado, clavada la barbilla en el pecho, desmadejado el cuerpo, mientras continúan las »glorias« y los aplausos».
Fuente de la noticia ABC

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