El extraño caso de Kosovo, el país que España no reconoce y que se acerca a la Eurocopa

Un moderado giro de cuello hacia atrás, pongamos 20 años, sitúa al futbolero frente a un país en plena guerra por alcanzar una independencia que hasta la fecha no conocían más que por las películas. Y se atribuye la tarea al aficionado al balón, y no a cualquier otra variedad humana interesada en lo que pueda sucederle a Kosovo, el país que hace un par de décadas era un polvorín, por lo que atañe a su selección nacional: 15 partidos consecutivos lleva sin perder, nada menos que desde el 9 de octubre de 2017, y con la tontería están más cerca que lejos de clasificarse para la Eurocopa de 2020. Kosovo marcha segunda del grupo A, el que Inglaterra está llamada a liderar sin excesivos apuros. El equipo que dirige Gareth Southgate, cuarto en el ranking de la FIFA, pone esta noche el termómetro a los balcánicos, perdidos en el puesto 120. Por el momento, el enfermo puede presumir de temperatura: dos victorias (Bulgaria y República Checa) y dos empates (otra vez Bulgaria y Montenegro) lleva en su camino hacia el torneo multisede del próximo curso. Y que no le dé por ganar esta noche en el estadio St. Mary’s, el hogar del Southampton, porque la osadía supondría superar a los ingleses en la cabeza del grupo. La historia tiende hacia la gesta cuando se cae en la cuenta de que el combinado kosovar es poco menos que un equipo por destetar. Hace tres años, todo esto era materia de ensoñaciones de videojuego. Fue en 2016 cuando la FIFA incluyó a Kosovo entre los países con reconocimiento válido para competir por una plaza en Mundiales y Europeos. Fue entonces cuando hubo que ponerse manos a la obra para armar un grupo de al menos 23 futbolistas con nacionalidad válida, poca broma considerando que el país no llega a los dos millones de habitantes, más difícil todavía dada la diáspora que se produjo cuando las balas terminaban de agujerear un territorio roto por las tensiones étnias entre albaneses, serbios y gitanos, los tres grandes grupos que hasta no hace tanto convivían en el suelo de la hoy autoproclamada República de Kosovo. Así se llama desde 2008, cuando el Parlamento de Pristina dijo hasta aquí y tomó la vía unilateral para desligarse por completo del control de Serbia, la nación que después de un larguísimo tira y afloja con el Imperio Otomano se arrogó el control de Kosovo. El responsable, o al menos en buena parte, es un suizo llamado Bernard Challandes. Con experiencia como técnico en Young Boys, Zurich o la selección de Armenia, ingresó en el equipo de ojeadores del Basilea en 2015, y ahí sigue, compaginándolo con su trabajo como seleccionador de Kosovo, pendiente de un grupo de unos 150 futbolistas desperdigados por ligar menores de Europa para confeccionar sus listas. Apenas Berisha, mediocentro de la Lazio, tiene cierto cartel mediático. Hadergjonaj jugó el año pasado en la Premier con el Huddersfield; Celina y Muric, canteranos del City, se buscan la vida lejos de Manchester, uno en el Swansea y el otro en el Nottingham; Vojvoda, autor del gol de la remontada ante los checos, no pasa de actor de reparto en el Standard de Lieja. Todos tienen en común dos cosas: tener pasaporte kosovar y no haber nacido allí. Hoy el país se mueve a su aire, aunque la ONU mantiene un ojo en la zona, conflictiva por naturaleza y sobre todo por historia. Estados Unidos o Reino Unido reconocen el país como tal mientras Rusia, influenciada por el caso de Crimea, se empeña en no dar su brazo a torcer hasta que haya un acuerdo explícito con Serbia. España, por el momento, tampoco compra su independencia.
Fuente de la noticia ABC

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