El cotidiano milagro de un buen cobro

Para la mayoría de los cazadores a rabo, entre los que me incluyo, el cobro es la parte final de cualquier lance de caza exitoso. Es una mezcla de emociones –ansiedad, paciencia, alegría, satisfacción, sensibilidad– que, cuando se ejecuta con eficacia, sube el ánimo a cualquier amante de los perros de caza. Una de las mejores escenas del cazador que cría y educa a su perro sobreviene cuando el cachorro trae su primera pieza de caza con estilo. El «traer» es verdaderamente un episodio esencial en la caza y en el adiestramiento del perro de escopeta. Es la demostración de la conjunción entre la disciplina, la sumisión del perro y la autoridad de su dueño. Y, sin embargo, lo difícil no suele resultar el obtener la realización del gesto, sino el hecho de conservar el hábito y practicarlo con diligencia y soltura en cualquier situación. Está en el instinto cazador del perro buscar y perseguir las piezas de caza. Apoderarse de esas presas y, en su forma de conducta natural, incluso desgarrarlas y comerlas. Sin embargo, la convivencia del cazador con su perro, la educación primero de salón y luego en el campo, convierten ese tándem en un equipo compenetrado y jerarquizado donde el cazador es el líder y el perro cumple órdenes. Mandatos siempre sencillos y asimilados en un entorno positivo, siempre recompensados con elogios, caricias y golosinas. Trátese de perros de muestra o de perros levantadores, el principio básico no cambia: es indispensable ante todo que el perro confíe ciegamente en su dueño. Esta armonía es la base para ejecutar con rapidez y eficacia la llamada, el «ven aquí», condición previa para luego acometer la enseñanza del «tráelo». El cachorro se cría en un ambiente de dependencia de las personas que lo atienden. Desde el principio hay que administrar la comida con llamadas socializantes, cariñosas y repetitivas, que llamen la atención y atraigan al cachorro, o a la camada. Cuando el perro alcanza los cuatro meses aprenderá individualmente el «ven aquí», en espacios cerrados primero y en superficies abiertas después. Es importante que el perrito aprenda a acompañar a su dueño, con correa y sin ella, hasta que el dueño le dé rienda suelta. Cuando responda perfectamente a la llamada, con diligencia y sin rodeos, podemos entrenarlo con reclamos. En el mismo orden: un corredor sin motivos de distracción, al principio. Un espacio con visibilidad y aislamiento, cuando se lance el reclamo en abierto. Para los perros de caza es mejor usar guantes o reclamos suaves en la primera edad. Reclamos más duros por dentro forrados de piel de conejo/liebre en la segunda fase del entrenamiento, para evitar bocas duras. Finalmente, usemos caza muerta, que la huelan, la conozcan y la mordisqueen. Después, el perro puede salir y acostumbrarse a las detonaciones y el cobro con codornices. En la entrega, el cazador cubre los tres últimos metros y sale al encuentro de su pupilo. Todo el proceso debe ser paulatino, repetitivo y sin ningún tipo de castigo, solo premios. La repetición es el alma de la enseñanza (S. Pons, 1956). La ausencia de premios sanciona el fallo. Sesiones breves y divertidas. La boca del perro de caza debe ser sagrada y solo debe tocarla el cazador. Nada de juguetes, nada de tirones, incluso solo jarabes que evitan las complicadas pastillas. Algunos perros cobran porque les gusta y otros lo hacen por obediencia, de ahí la importancia de los ensayos. Siempre con el perro descansado, para apoyarnos en el juego. Siempre con el cachorro con apetito, para reforzar con golosinas de premio. El joven perro llega a vencer sus instintos de independencia en la aprehensión de piezas, en el juego y en el esparcimiento, hasta entregarse a la disciplina de su «jefe» humano. Un pequeño milagro que el cazador consigue repetir día tras día en el monte. El hombre, a través de generaciones caninas, ha ido perfilando la sumisión de sus predecesores; a cambio los protegía del hambre y las inclemencias. Es el proceso de selección del perro de caza, que ha llevado a algunas razas a su especialización en el cobro de piezas, llegando incluso a desarrollar un instinto mecanizado de captura y entrega. Como el caso de los retrievers, un conjunto de razas que los ingleses usaron como perro cobrador, sin mucha iniciativa en la búsqueda, al lado de sus perros de muestra. Los anglosajones han buscado la perfección en la recuperación de piezas, lo que ha llevado a muchos ejemplares de labrador a un ansioso y sorprendente afán por recoger todo tipo de objetos, piedras, palos, pelotas… que en su versión urbana carecen de sentido, aunque en los ojeos demuestran su gran utilidad. Nosotros, los cazadores españoles, requerimos al perro de escopeta que cobre, y nos parece de rechazo que un perro de muestra no lo haga. La especialización de los ingleses y los concursos han llevado a muchos pointers a despreciar la caza muerta. Aunque la muestra o parada sea la quintaesencia de la caza con perro, la capacidad de cobro adorna en lo esencial al perro de escopeta. Es lamentable ir acompañado de un perro que no vibre, obedezca y se esfuerce ante los lances con piezas heridas. El Dr. Muñoz Seca (1951) dejó sentencia: «Si el perro no cobra la caza, para mí es un perro tan defectuoso que no lo quiero. Yo prefiero un perro mediano, que cobre bien, a un perro maravilloso que no traiga; porque aparte de la caza que se pierde, nos evita una serie de idas y venidas y carreras que hacen la caza menos cómoda». Capacidad de rastreo
El lance del cobro alcanza a veces una gran emoción: liebres tocadas, perdices alicortadas, conejos patiquebrados. No es lo mismo «traer» que «cobrar». No es igual traer inmediatamente la caza muerta o herida, muchas veces de vista, que recuperar piezas heridas que agotan sus fuerzas en escabullirse. La selección de los perros de escopeta ha roto las barreras del instinto egoísta, para facilitar el traer y la entrega. Aunque hay ejemplares y razas que tienden a boca dura, como una maldición para el cazador. En el otro extremo están los perros de boca blanda, como mis pachones, a los que les encanta traer, aunque algunos más ñoños matan mal la caza cuando son jóvenes. Si la caza queda tocada en el campo, surge la necesidad de combinar vientos y rastro. Su capacidad de rastreo permite al perro cazar con viento a rabo, aunque ello requiere aprendizaje. A este célebre binomio V/R han renunciado los perros ventores, criados para la competición, que fracasan cuando se trata de caza real en la que el cazador aprecia más el cobro que el levante. En ese momento del tiro con dudas es cuando el cazador debe saber ayudar al perro. Si tiene facultades, ponerlo en el pelotazo bastará para que el perro dé en el rastro, sin porfías que lo confundan. Si solo va de vientos, el perro sufrirá más para encontrar la pieza, hay que ponerlo al aire con indicaciones de voz y tomar bien las referencias de tiro o del punto de derribo. Las condiciones de cobro cambian con el día, con el terreno, con la humedad, con el viento, con los perros que rodean al tuyo y su jerarquización, con las piezas del cazadero, con la confianza del perro con los miembros de la cuadrilla… La respuesta de los perros al cobro y la experiencia de la cría me ha llevado a multitud de vivencias. Terminaré con anécdotas que guardo en mi memoria como cobros de sombrero en pachones navarros: la impresionante habilidad para el cobro doble del perro de Fernando Megía, Alajú Martín, con dos conejos, dos palomas… Aquella liebre en los Llanos con mi perra Alajú Mancha, que la sabía plomeada y apareció con ella tras muchos minutos inolvidables. Las alegrías con que me obsequió mi perro Alajú Sumo en el cobro en frío a varias perdices para compañeros de mano en Alarilla. La flema confiada de Gabriel Ferret y sus compañeros de cuadrilla, que son capaces de esperar sentados en una pared mientras sus perros cobran con insólita seguridad las perdices aliquebradas en la espesa garriga de Mallorca.
Fuente de la noticia ABC

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