El acoso a un cuartel obligó a pasar a los niños a habitaciones interiores

Los actos de acoso y hostigamiento a los cuarteles de la Guardia Civil antes y después del 1-O no solo alteraron la rutina de los agentes sino también de sus familias. Hasta el punto de que esas concentraciones de protesta también afectaron a los hijos de los guardias civiles. Así lo aseguró ayer un agente del acuartelamiento de Igualada (Barcelona), donde se produjeron al menos seis protestas ciudadanas entre el 20 de septiembre y el 3 de octubre de 2017. En su declaración como testigo ante el tribunal del «procés», el agente –uno de los once de la Guardia Civil que testificaron en relación a esos escraches y actos de acoso al Instituto Armado en Cataluña– se detuvo especialmente en el incidente más grave: cuando la noche del 28 de septiembre un individuo con la cara tapada lanzó un artefacto incendiario –un bulto de ropa militar impregnado de combustible– contra la casa cuartel, que ardió al caer a un patio interior y tuvo que ser apagado por los propios agentes.

Ese altercado, según reconoció, «fue una de las cosas que afectaron bastante». De hecho, añadió, «muchas familias ubicaron los dormitorios de los niños que daban a la calle al otro lado del edificio, en las habitaciones interiores». Tras lo sucedido, recalcó, existían «nervios» de que se produjera algo similar o «una escalada». «Un día te tiran un artefacto así y otro día vete a saber…».

El testigo ratificó que esos actos de hostigamiento alteraban «mucho» la vida cotidiana de sus familiares, que incluso «se tenían que plantear cómo iban a volver del trabajo». Incluso los niños, al regresar del colegio, «tenían cierta aprensión por ver qué se iban a encontrar», recordó.

Respecto a la actitud de los manifestantes en esas concentraciones, la calificó de «amenazante» y de «yo hago esto porque quiero» pues, lamentó, en esos días «se había perdido la vergüenza totalmente».

En esa misma línea de concentraciones que afectaban especialmente a la vida cotidiana de sus familiares, un teniente de la Guardia Civil recordó que resultaba «bastante chocante» que la protesta que se celebró ante las puertas del cuartel de Manresa (Barcelona) el 28 de septiembre de 2017 la protagonizasen estudiantes que compartían instituto con hijos de guardias civiles que se encontraban en ese mismo momento dentro del acuartelamiento.

Otros dos agentes se refirieron al incidente que se produjo cuando, al día siguiente del referéndum ilegal, un individuo comenzó a grabarles con un móvil mientras paseaban de paisano por las calles de Lérida y, tras reconocerles y reprocharles su actuación el día anterior en el municipio de Artesa, les increpó al grito de «¡hijos de puta, os vais a cagar, os vamos a matar!» y «¡asesinos!» y «¡hemos ganado la guerra!».

Los guardias civiles explicaron que esa misma noche se publicaron sus fotos en Facebook con un texto en catalán que rezaba: «Estos animales no los quiero en mi país. Las calles serán siempre nuestras». Del mismo modo, alentaba a la gente a concentrarse frente al hotel donde creía que estaban alojados. A partir de esa fecha, admitieron, redoblaron las medidas de seguridad: «Intentamos salir menos y en grupo».

Otros miembros de la Guardia Civil aludieron al papel activo de los Bomberos durante el acoso a la Guardia Civil. En Gerona, por ejemplo –recordó uno de ellos–, un convoy con 15 vehículos pasó el 2 de octubre de 2017 por delante de la Comandancia haciendo sonar sus sirenas mientras los bomberos les increpaban gritándoles «cobardes, hijos de puta y fascistas». «Nos hacían peinetas, mostraban sus pulgares hacia abajo y hacían gestos de que teníamos mucha cara».

Similares situaciones de hostigamiento vivieron dos agentes desplazados a Cataluña que estuvieron alojados en los hoteles Nice y Avenida de la Seo de Urgel (Lérida). «Escuché bastante jaleo, de cacerolada, y me asomé. Pude ver como una multitud se dirigía al hotel Avenida a hacer un escrache escoltada por un camión de Bomberos, que se estaban dando un baño de masas», recordó un guardia civil, que grabó lo sucedido y denunció los hechos en un juzgado. Según relató, los concentrados les insultaban «constantemente» al grito de «asesinos» e «hijos de puta» y llegaron a «arrojar vasos y alguna botella de plástico». «Nunca he vivido ese odio en la gente, y encima contra nosotros, que tuvimos una actuación muy liviana, muy humana en los colegios que estuvimos y donde no se pudo actuar no se actuó para evitar un mal mayor».

El agente aseguró que el dueño del hotel estaba atemorizado. «Cuando vosotros os vayáis, yo me tengo que quedar aquí», se excusó. Y tuvieron que cambiar de alojamiento.

Fuente de la noticia La Razón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *