Cuando la censura ordenó la muerte de Lucia Bosé en «Muerte de un ciclista» por adúltera

«No resistes una caricia mía», le decía el profesor universitario Juan Fernández Soler a su amante, María José de Castro. Y ella, claro, se turbaba en una mezcla de vergüenza, culpa y deseo. La escena la protagonizaban Lucía Bosé y Alberto Closas en «Muerte de un ciclista», de Juan Antonio Bardem, y encerraba ese deseo carnal ardiente que ambos vivían pero que debían ocultar ante la mirada escrutadora y despiadada de la sociedad de 1955. La tragedia que encierran los personajes, encerrados a su vez en la España franquista de las apariencias de la alta sociedad, explota con el atropello a un ciclista por parte de la pareja adúltera cuando están de escapada romántica. El dilema que se abre -contar lo sucedido y que se descubra su verdad o callar el homicidio imprudente y dejar que su pasión siga fluyendo- lo transforma Bardem en un espejo de la sociedad de la época. En un principio toman una decisión que se explica en la película de una forma brillante. La noticia apenas ocupa un recuadro del periódico con un titular tan genérico, «Muerte de un ciclista», como trístemente ignorado. Si se descubriera el «escándalo» de que ella, alta burguesía, era infiel a su marido con un profesor universitario, hubiera ocupado más espacio en los mentideros de la capital. O al menos en los salones de las casas nobles. Poderosa Una mujer libre, fuerte, capaz de tomar sus propias decisiones y de manejar el rumbo de su propia vida no era la norma en los personajes femeninos de la época. Por eso la censura calificó de «película gravemente peligrosa» a «Muerte de un ciclista», y obligó a Bardem a cambiar el final previsto. La protagonista, Lucía Bosé, debía morir. No como castigo al atropello, ni siquiera por ocultar la verdad: era un castigo a su moral adúltera, a la traición a su clase social… Un castigo, en fin, a todo lo que representaba. Oti Rodríguez Marchante lo describe como nadie en el obituario de Lucía Bosé publicado esta semana: «Su personaje no es que fuera moderno en nuestro paisaje, es que era impensable y abarrotado de complejidad moral. Una mujer joven, elegante, fuerte, infiel y tan fatal como llena de fatalidad y duda. El clima, la opresión y la amenaza que fluye entre ella y Alberto Closas es una brasa en las manos.» Muerte de un ciclista La censura ignoró otras cosas, como las revueltas estudiantiles que Bardem plasmó en la época, 1955, y que se mantuvieron en el tiempo hasta la muerte de Franco en 1975. También pasaron el filtro las diferencias sociales que se remarcan en cada plano, desde las visitas del profesor a la periferia -deprimida, rural, negra- a los salones de techos altos y muebles de caoba. O los vehículos: esos lujosos coches de los protagonistas frente a la bicicleta del pobre diablo atropellado. La película ganó el premio de la crítica de Cannes, y consolidó a Bardem como cineasta tras trabajar anteriormente con Luis García Berlanga. El éxito internacional, como le pasó también a Buñuel en Cannes o Manuel Gutiérrez Aragón en Berlín, molestó sobremanera a los más adeptos al régimen, que detestaban la imagen que se vendía de España fuera. Y ahí entraba la censura, que llegaba donde no podían otras amenazas superiores. Por cierto, que durante la estancia en España de Lucía Bosé para rodar «Muerte de un ciclista» fue donde conoció a Luis Miguel Dominguín, con el que decidió quedarse en nuestro país. «El torero y yo nos amamos locamente en mi habitación del Castellana Hilton, donde me alojaba para hacer la película… Durante tres días y tres noches seguidas nos amamos ininterrumpidamente», relató en su día, según recoge Begoña Aranguren en la biografía que escribió de la actriz, «Lucía Bosé. Diva divina». Y como en una broma contra aquella censura que quiso matar a su personaje en el filme de Bardem, Lucía Bosé no dejó de vivir libre, y de enfrentarse a las cosas de aquella sociedad que no le gustaba. Por eso, su divorcio en 1968 del torero llenó páginas y páginas de periódicos y revistas.
Fuente de la noticia ABC

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