Cuando en el Santiago Bernabéu había un gallinero

El gallinero temblaba y con él temblaba todo el estadio. Era emocionante, pero con la emoción de no saber si el Bernabéu iba a aguantar o si se iba a caer. Digamos que era emocionante porque estaba en juego tu propia vida. Eran los años 80 y muchos de los socios que pasaban sin más proceso que enseñando el carné, después lo debajan caer otra vez fuera del estadio para que un amigo lo cogiese y entrase.

El aforo oficial era una “fake news” cuando todavía no se llamaban “fake news”. Era el gallinero donde estaba la animación, la gente joven, de pie, abarrotado hasta las escaleras en los días de partido grande. Si te ibas, si perdías tu sitio, ya no podías volver. Desde el fondo sur se gritaba: “¡Hola gallinero!”, y desde ahí se respondía: “¡Hola fondo sur! y así se iba saludando a todo el estadio. Después se pedía que botara el Bernabéu. Y ahí era cuando empezaba la emoción por tu vida.

El fútbol era incómodo. Por eso la primera cola que había que aguantar era para pagar la almohadilla con la que protegerte el culo de la dura piedra a la que se llamaban, generosamente, asiento. Si ibas de pie, esos veinte duros que te ahorrabas.

Era incómodo y desagradable: para ir al baño había que prepararse como quien va a una guerra química. Estaban sucios, olían mal y en los descansos había que salir unos diez minutos antes de que acabase el primer tiempo para poder coger sitio en la cola. Como quisieras comprarte una cerveza o un bocadillo, tenías que elegir cola. No era una decisión fácil.

Y era una suerte si eras hombre, porque si eras mujer, la mayoría de las veces el baño solía estar cerrado, o los hombres aprovechaban para entrar allí y la suciedad lo superaba todo. Si sobrevivimos a esos baños y al olor a orina, es que seremos indestructibles.

Habia una verja que rodeaba el campo para que los aficionados no saltasen al campo, como si encerrar a los aficionados de pie no fuese más peligroso, tal como desgraciadamente se demostró en otros campos. Como toda la zona baja era de pie, los goles se celebraban haciendo pequeñas avalanchas que eran, en realidad, una cuestión de supervivencia.

Ir con niños era, como poco, atrevido.

El estado era mítica y en las noches europeas el espíritu se contagiaba del equipo a la grada y de la grada al equipo, pero los intestinos del estadio mostraban que el dinero no sobraba porque había obras urgentes que no se hacía. Todo cambió después. Cambiaron los tiempos, la seguridad, llegó Florentino y el Bernabéu se hizo un lugar agradable para ir.

Hay quien dice que echa de menos la época anterior, que eso daba carácter al club, que el estadio no hay que tocarlo.

Quizá es que nunca tuvieron ganas de hacer pis.

Fuente de la noticia La Razón

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