China renueva la Ruta de la Seda para sumar socios

Las cifras hablan por sí solas. Desde que arrancara en 2013 la conocida como Nueva ruta de la Seda, China ha firmado 173 acuerdos de cooperación con 125 países, puesto en marcha 1.500 proyectos y desembolsado más de 70.000 millones de dólares. El proyecto estrella del presidente chino, Xi Jinping no ha pasado inadvertido para ningún país del globo. Y ésa es la intención. Desde Asia, China está tendiendo puentes con América, África, Europa y Oceanía, unas conexiones con las que Pekín dice buscar la cooperación, desarrollar regiones atrasadas o generar sinergias y que, por el contrario, son vistas con recelo por buen número de naciones.

Al proyecto, que consiste en trazar un corredor terrestre que una China con Europa a través de Asia Central (Rusia incluida), y una ruta marítima que llegue hasta África y Europa, se le achaca y acusa de tener fines geoestratégicos que pueden ayudar al Gobierno de Pekín a ganar presencia en diferentes partes del mundo y convertirse definitivamente en la nueva potencia hegemónica del planeta. Con el objetivo de defenderse de esas críticas, ayer comenzó el segundo foro sobre la Ruta de la Seda en la capital china.

Allí, ante 37 jefes de Estado y más de 5.000 participantes de 150 países, Xi dijo tener «un fuerte compromiso con la transparencia y la gobernanza limpia en esta cooperación». Para lograrlo, Xi afirmó que adoptarán «reglas y estándares ampliamente aceptados», al tiempo que alentarán a las empresas participantes a seguirlos en el «desarrollo, operación, adquisición y licitación de los proyectos». Consciente de las ampollas levantadas tras algunos de los proyectos, declaró que «las leyes de los países participantes deben ser respetadas», y que asegurarán «la sostenibilidad comercial y fiscal de los proyectos».

Con su discurso trató de convencer a una audiencia mucho mayor que la que asistió a la primera cita en 2017. De puertas para adentro, insistiendo en que el proyecto sigue siendo un éxito y tratando de esquivar los temores sobre el riesgo de las inversiones y los posibles incumplimientos de los préstamos. De cara al exterior, con promesas de reajustes para solucionar asuntos como el de la financiación sostenible y la deuda contraída por los países que han dado el «sí, quiero» a Pekín. Esta cuestión es, precisamente, uno de los principales escollos a salvar por Xi tras las acusaciones de estar llevando a cabo una política de «trampa de la deuda». Para los detractores de su plan, Pekín estaría prestando dinero a diversos países para construir unas infraestructuras de las que China podría beneficiarse si estos no pueden afrontar el préstamo. El caso de Sri Lanka resulta paradigmático. Allí, China invirtió 1.400 millones dólares en un proyecto que sirvió para ganar terreno al mar y construir un puerto. Sin embargo, las autoridades esrilanquesas no pudieron hacer frente a la deuda y optaron por ceder el puerto a China durante 99 años, lo que fue visto por otras naciones como un claro ejemplo de las segundas intenciones de Xi.

Para evitar casos como éste, el gigante asiático tratará de cerrar hoy el encuentro con la declaración por escrito de una serie de medidas que garanticen la transparencia y seguridad de sus intenciones y calmen los ánimos entre algunos de sus principales detractores como Estados Unidos, India, Japón, Francia o Alemania. Entre ellas, cumplir con los estándares internacionales de inversión, promover la protección del medio ambiente, reglas más claras para las empresas de propiedad estatal e implementar mecanismos anticorrupción.

El presidente ruso, Vladimir Putin, también intervino en la jornada inaugural, personificando las dos visiones que el proyecto despierta fuera de China. Para Putin, la Ruta supone una buena oportunidad para hacer frente a los «posibles riesgos de países que quieran lanzar guerras comerciales pasando por alto los estándares de la ONU», en clara alusión a Trump. Según el líder ruso, la iniciativa es positiva para «hacer frente de forma común» a «desafíos» como «el bajo nivel de desarrollo y la brecha tecnológica». Xi demostró que no ceja en su empeño por sacar adelante el que considera el «proyecto del siglo», y que abarca desde la construcción de infraestructuras para el comercio a propuestas culturales y financieras. Con la ruta ferroviaria más larga del mundo (13.052 kilómetros) entre Madrid y Yiwu, al sureste de China; la línea de alta velocidad que cruzará Laos; o los puertos de Gwadar en Pakistán o del Pireo en Grecia, Pekín tratará de mostrar, le pese a quien le pese, adónde quiere llegar.

Josep Borrell, el jefe de la diplomacia española que representó ayer a España en la cita, indicó que Xi defiende «un multilateralismo eficaz» y hace un «planteamiento novedoso» de «reciprocidad en las condiciones de la inversión». Para él, la iniciativa constituye «toda una red de interactividad, de intercambios comerciales y culturales a través de la que China quiere volver a jugar un papel estratégico en el mundo» y supone el «reverso de la medalla» del proteccionismo que, por el contrario, defiende el presidente estadounidense, Donald Trump.

Fuente de la noticia La Razón

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