Buero Vallejo, el autor marcado por la pena de muerte

El 28 de abril de 2000, hace hoy veinte años, fallecía Antonio Buero Vallejo. «El escritor que devolvió el compromiso al teatro español», le definía entonces ABC, que hablaba entonces también de él como el gran dramaturgo de los últimos cincuenta años. No solo eso. Antonio Buero Vallejo -nacido en Guadalajara el 29 de septiembre de 1916- llevó a los escenarios españoles una realidad, la de nuestra posguerra, con tanto desgarro como poesía; los llenó de verdad, de ilusionada miseria, de penuria esperanzada. Habitó a a través de obras como «Historia de una escalera«, »Hoy es fiesta«, »El concierto de San Ovidio«, »El tragaluz«, »En la ardiente oscuridad« o »La fundación«, a unos españoles que habían preferido perder la memoria o permanecer ciegos antes que enfrentarse a una realidad que les hería. Y es que Antonio Buero Vallejo no ocultaba haber vivido siempre con la losa de la guerra civil a sus espaldas. «En casi todas mis obras he estado hablando de la guerra civil, aunque fuera a través de unos argumentos que no tuvieran que ver con ella. Los que la vivimos estamos marcados por ella», confesaba en una entrevista concedida a ABC en enero de 1999, unos días antes de que el Centro Dramático Nacional repusiera, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente, «La Fundación». No es extraño; Buero Vallejo fue encarcelado al concluir la guerra acusado de «adhesión a la rebelión»; estuvo en prisión entre 1939 y 1946, y coincidió allí con Miguel Hernández (el más célebre retrato del poeta lleva su firma). Fue condenado a muerte, y años después recordaba aquella sensación: «Yo no llegué a estar delante del pelotón de fusilamiento, que debe de ser un momento verdaderamente terrible, porque llegó antes el indulto. En general, todos teníamos la esperanza de que llegara el indulto». En «La Fundación», precisamente, habló Buero Vallejo de un condenado que se inventa una realidad paralela para poder subsistir. «Aunque las cosas que se describen en la obra están inventadas por mí responden bastante a la realidad. Se vive en esa situación con tal inseguridad, con tal zozobra, que las cosas se pueden ver de manera distinta a como son. La obra refleja situaciones reales. No puede hablarse de una sensación positiva, por supuesto, pero sería erróneo pensar que era terrible. Los que estábamos condenados pertenecíamos a un bando vencido, y manteníamos una moral, una adhesión a la cosas que habíamos perdido. En la prisión, naturalmente, procurábamos distraernos de la mejor manera posible, leyendo libros, comentando cuestiones, lo que nos llevó a una vida carcelaria relativamente llevadera… Pero no era buena cosa, claro que no…» Y es que hasta el final de sus días Antonio Buero Vallejo se consideraba un vencido. Ello a pesar de haber logrado el éxito y el reconocimiento, de haber logrado premios como el Cervantes (otorgado en 1986), de ser miembro de la Real Academia Española y de haberse convertido en el gran referente de la dramaturgia española de la segunda mitad del siglo XX (su primera obra, «Historia de una escalera», se estrenó en 1949, y la última, «Misión al pueblo desierto«, en 1999). «El final de la guerra trajo esa sensación, esa evidencia de vencimiento, y eso no se ha quitado. A lo largo de los años las cosas personalmente cambian, pero no hasta el extremo de perder las antiguas ilusiones».
Fuente de la noticia ABC

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